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jueves, 8 de mayo de 2014

774.- El Censo Rojo franquista: tres millones de sospechosos



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Faupel y Franco en la Plaza Mayor de Salamanca /MECD, CANAL CULTURA






El Censo Rojo franquista: tres millones de sospechosos

Por: María José Turrión | 08 de mayo de 2014

El general alemán Wilhelm von Faupel, héroe de la I Guerra Mundial, (1914-1918) y difusor de la ideología nazi en los países latinoamericanos desde su puesto de director en el Instituto Iberoamericano (1934), fue embajador del III Reich ante la España llamada Nacional, entre marzo de 1937 y septiembre de 1937.

En realidad, su representación diplomática comenzó el 18 de noviembre de 1936, cuando el gobierno de Franco fue reconocido por Alemania. Son conocidas las injerencias que tuvo el alemán en los asuntos internos relacionados con la Falange, los denominados sucesos de Salamanca y el apoyo a Manuel Hedilla. Lo que le valió que el propio Franco, molesto por ello, solicitara su marcha de España. Pero con anterioridad a su destitución como embajador, y aún después de esta, ¿qué influencia pudo ejercer este personaje en el devenir político, social y represivo llevado a cabo por las instituciones franquistas en el país?.

El Instituto Iberoamericano, al que Faupel regresa tras su cese como embajador en España, suponía el medio para lograr no solo el adoctrinamiento nazi en países como Chile o Argentina, arrasados con posterioridad por sangrientas dictaduras, sino también el medio para introducir la instrucción militar alemana, frente al modelo francés que entonces predominaba en estos países. Prueba de ello, fue la política de publicaciones llevada a cabo por el Instituto: Diccionario militar alemán-español, español-alemán o el libro Ibero-América y Alemania: obra colectiva sobre las relaciones amistosas, desarme e igualdad de derechos, publicada por el propio Faupel junto a otros filonazis como el chileno Miguel Cruchaga Ossa, creador del Centro Germano Chileno, institución impulsora de los programas ideológicos antisemitas en Chile a través de intercambios entre estudiantes y profesores alemanes y chilenos.

El 1 de marzo de 1937 Wilhelm Faupel presentaba ante Franco sus cartas credenciales como embajador ante una Plaza Mayor de Salamanca abarrotada de gente y engalanada para la ocasión. Dada su especialidad como difusor del programa nazi, no es de extrañar que solicite la colaboración de especialistas alemanes en prensa y propaganda, con los que creará el Departamento de Prensa de la embajada y desde donde establecerá, como señala Javier Domínguez, una importante red  propagandística de la que saldrían títulos como La eterna cuestión judía, síntesis antisemita adaptada a la realidad española.

Poco después, el 20 de abril de 1937, Franco  dictará una Orden por la que se crea en Salamanca y bajo dependencia de su Secretaría, la Oficina de Investigación y Propaganda Anticomunista (OIPA), con la finalidad de:

“...recoger, analizar y catalogar todo el material de propaganda de todas clases que el Comunismo y sus organizaciones adláteres hayan utilizado para sus campañas en nuestra Patria, con el fin de organizar la correspondiente contrapropaganda en España y en el extranjero en colaboración con las instituciones anticomunistas existentes, tales como el Antikomintern de Berlín, el Instituto de Investigación Científica del Comunismo en Varsovia, la institución antimarxista Maitre Aubert en Ginebra, la National Herstle en Holanda…”

Parece que Faupel, el especialista en propaganda y en la lucha contra el comunismo, había tendido bien sus redes asesoras. Este primer organismo de la OIPA, junto con el creado inmediatamente después también en Salamanca, la Delegación de Asuntos Especiales, tratarían en palabras de González Quintana de “mostrar al mundo las maldades del comunismo, de la masonería y del judaísmo”.



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Cartel presentado en la exposición antimasónica de 1941: Alegoría del judaísmo controlando al comunismo (Stalin) y a la masonería (Churchill).


Estas dos oficinas y la creada en 1938, la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos, fueron los embriones de la Delegación Nacional de Servicios Documentales (1944), organismo paradigmático de la represión franquista que, partiendo de la incautación documental a personas físicas y jurídicas desafectas al régimen franquista, elaboraría el mayor archivo para la represión creado nunca en España, un Censo Rojo, al que Diego Navarro Bonilla alude en Morir matando y del que dice que posibilitó que existiera una "nación fichada". 

Toda la masa documental incautada, tanto de archivo como de biblioteca y hemeroteca, serviría para la elaboración de un gran fichero, en torno a las tres millones de fichas, en el que se fueron reflejando una serie de datos sobre personas desafectas al régimen franquista, esto es: personas relacionadas con partidos republicanos, organizaciones sindicales, ateneos libertarios, hijos de republicanos refugiados en otros países, intelectuales antifascistas, escritores, libertarios, enfermeras republicanas, personas que han dado un donativo al Socorro Rojo Internacional, personal integrante de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado de la República, sindicalistas, miembros de la masonería, rosacruces, maestros, miembros de las Brigadas Internacionales… Un espectacular mapa de rojos, limitado por los males de la masonería y el comunismo internacional.

El personal que trabajaba en estas oficinas, a medida que iba procesando la información de la documentación incautada, elaboraba una ficha con el nombre y apellidos de la persona, pudiendo una misma tener varias en el fichero. De Lucía Sánchez Saornil por ejemplo, mujer libertaria y fundadora de la revista Mujeres Libres (junto a Mercedes Comaposada Guillén y Amparo Poch i Gascón), existen 32 fichas, en las que figura como escritora de artículos, miembro de la CNT, oradora en mítines antifascistas, poeta, miembro del Consejo Nacional de Solidaridad Internacional Antifascista, secretaria de Solidaridad Internacional Antifascista…



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Lucía Sánchez Saornil / ENLACRESTA2.WORDPRESS

Sin hacer distinción de sexo o edad, los datos de hombres, mujeres y niños van a dar forma al siniestro fichero. La creación del nuevo régimen y el modelo político social que implantó pasaba por la eliminación del contrario, y para ello nada mejor que su identificación en un censo de rojos, para realizar la consecuente represión. Prisión, juicios sumarísimos, ejecuciones… y a los que sobrevivieron físicamente, se les aplicó el estigma de rojo, extensivo a padres, hijos y cónyuges, a modo de estrella invisible cosida a la solapa.

¿Qué interés había en realizar unas fichas sobre niños evacuados que partieron de Santander rumbo a Francia?, ¿Perseguían realizar un censo similar al realizado en la Alemania nazi sobre los judíos? Identificación, filiación y finalmente localización para la represión. La finalidad visible administrativamente de este fichero era la de informar a otros organismos represivos de la dictadura franquista, facilitando los antecedentes político-sociales que, solicitados por los gobiernos civiles, militares, Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, Auditoría de Guerra, tribunales de depuración de trabajadores, Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, etc. serviría para extirpar tamaño cáncer de la nueva España y aniquilar al contrario.

Las diferentes informaciones que en la actualidad proporcionan los datos de los organismos represores del franquismo nos llevan a pensar en el complicado y elaborado sistema represivo. La Dirección General de Seguridad, gobiernos civiles y militares, capitanías, comandancias militares, Causa General, tribunales de depuración, Dirección General de Prisiones, servicios de información de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado... proporcionan un sistema de identificación, obtención y registro de datos sobre personas a modo de ficha perforada, donde cada organismo u oficina de represión en coordinación transversal, puesto en contacto con los otros, obtendría una información esencial para sus competencias represivas. Un ejemplo de ello lo vemos en la Orden Circular de 1 de julio de 1941 “por la que se dispone se informe al Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, de los cargos relacionados con actividades masónicas o comunistas que aparezcan en expedientes de depuración político-social”.

Al igual que a los judíos, a los rojos se les negó cualquier derecho civil. De la misma manera que a los judíos que huían del nazismo les incautaban sus bienes (recordemos la oficina de emigración que Eichmann creó en Austria en 1938), a los rojos se les incautaban los suyos, así lo manda el artículo 3º de la Ley de Responsabilidades Políticas (9 de febrero de 1939), o el temprano Decreto nº 108 de la Junta de Defensa Nacional, sobre la ilegalización de los partidos del Frente Popular y la incautación de bienes (13 de septiembre de 1936). Los juicios que se llevaban a cabo se basaban en delitos acorde a las leyes de la dictadura, por lo que la burocratización de la represión en los poderes del Estado se hizo general en todo el territorio español, siendo muy posiblemente esta, la causa de la ausencia de un sentimiento de culpa en la sociedad española afecta al régimen y más aún, entre todo ese cuerpo de burócratas, cuerpos policiales, judiciales y administrativos que llevaron a cabo la  represión.

La intervención alemana en la Guerra Civil Española tiene numerosos estudios en cantidad y calidad. Es posible que tengamos que ampliar las líneas de investigación sobre la influencia y posible asesoramiento alemán en la represión que llevó a cabo la dictadura de Franco desde el primer momento de la guerra.

Tanto Franco como Hitler emplearon idénticas técnicas para conseguir sus fines: arrasar con el estado de derecho, con las instituciones de los Estados para, instaurar el horror y la vergüenza. Timothy Snyder, en el ensayo Hitler y la lógica del Holocausto, afirma que “fue menos exhaustivo [el Holocausto] cuando las intenciones de Hitler se encontraron con el estado de derecho, aunque este estuviera debilitado o pervertido”. No cabe duda que, destruidas de raíz las instituciones político-sociales y el orden preexistente legalmente establecido, la instauración del nuevo régimen se implementaría de una manera mucho más sencilla.

En el libro IBM y el Holocausto, Edwin Black afirma que la tecnología IBM de las fichas perforadas con que se realizaron los censos en Alemania “permitió a los nazis trabajar en otra escala, con más velocidad y eficiencia”. La represión que se ejerció en España durante el franquismo se habría realizado seguramente sin la existencia del Censo Rojo, pero posiblemente no hubiera tenido la misma velocidad y eficiencia.


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lunes, 21 de abril de 2014

757.- República Checa: “A lo mejor esto es lo que pasaba en la época de Hitler”


Protesta a favor de los derechos de la comunidad gitana en República Checa. 
© Gustav Pursche




República Checa: “A lo mejor esto es lo que pasaba en la época de Hitler”



Los Estados europeos no están reduciendo la discriminación, la intimidación y la violencia contra las personas gitanas y, en algunos casos, incluso la alimentan, afirma un nuevo informe de Amnistía Internacional publicado en el Día Internacional del Pueblo Gitano.

El documento examina los actos de violencia y hostigamiento motivados por el odio que autoridades y ciudadanos corrientes llevan a cabo contra las personas de etnia gitana en la República Checa, Francia y Grecia, ilustrando así los motivos de preocupación de la organización en todo el continente. En este texto se recrea la dramática situación en una ciudad del sur de la República Checa.

Por Josefina Salomón - periodista de Amnistía Internacional en Londres
07/04/2014


Cuando los niños y niñas gitanas de la ciudad de České Budějovice, en el sur de la República Checa, se despiertan asustados en mitad de la noche, no es por miedo a monstruos imaginarios.

Multitudes enfurecidas han estado atacando, cada vez con más frecuencia, sus casas y acosando a comunidades gitanas de todo el país.

La primera manifestación en České Budějovice tuvo lugar el 29 de junio del año pasado. Más de un millar de miembros de grupos de extrema derecha se congregaron en el centro de la localidad y marcharon hasta el barrio de Máj, coreando insultos contra los gitanos que viven allí.

Gritaban “cerdos negros” y “¡a por ellos!”, mientras arrojaban piedras y botellas de cristal contra sus casas, e incluso contra los policías que intentaban impedírselo.



“Fue horrible. Teníamos mucho miedo […] Mirábamos por las ventanas y nos estaban gritando, llamándonos ‘cerdos negros’ y amenazando con matarnos”, dijo Michal, residente gitano de 27 años.

“Pensé: a lo mejor esto es lo que pasaba en la época de Hitler.”

La mayoría de los gitanos que viven allí observaban impotentes desde sus ventanas las violentas manifestaciones, aterrorizados y confiando en que esa multitud se marchara.

Pero no lo hizo.

De hecho, durante varias semanas, volvió casi cada sábado.

Una de las marchas más grandes tuvo lugar el 6 de julio. La multitud llegó cuando padres y madres jugaban con sus hijos e hijas en el parque local.

“Mi hermana estaba en el balcón que da al parque cuando empezó a gritar: ‘¡Corred, volved a casa, ya están aquí otra vez!’. Agarramos a los niños y echamos a correr. No entendían nada, lloraban y preguntaban qué pasaba”, dijo Martina, una gitana arraigada en el barrio.

Una vez más, los manifestantes corearon insultos, arrojaron piedras contra las casas y amenazaron a los gitanos.

Las protestas cesaron finalmente en octubre, pero la gente aún tiene miedo, ya que se rumorea que podría haber nuevas manifestaciones ahora que ha terminado el invierno.

Angela, que se trasladó a Máj desde Eslovaquia hace 25 años, dice que la vida se ha vuelto casi insoportable en la zona, y que las madres y los niños tienen miedo de salir por culpa de las manifestaciones contra ellos. Según afirma, la discriminación, incluso por parte de funcionarios públicos, ha aumentado desde que comenzaron las manifestaciones.

“Tras la manifestación, sentía ansiedad y miedo. Los niños estaban preocupados. Me pedían que no fuera a trabajar, pero es importante, tengo que tener dinero para mi familia”, dice.

Tras la primera marcha, en junio, la policía tomó algunas medidas para proteger a las comunidades gitanas que fueron atacadas. Sin embargo, el gobierno central ha actuado con lentitud a la hora de condenar de manera inequívoca los actos racistas que tienen lugar en České Budějovice y en otros lugares de la República Checa. 






miércoles, 2 de abril de 2014

733.- Garbo, el espía que engañó a Hitler dos veces



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                     Joan Pujol (nombre en clave "Garbo"), cuando trabajaba para el MI5.


Garbo, el espía que engañó a Hitler dos veces

Por: F. Javier Herrero | ElPaís


Un día de invierno de 1944, a menos de seis meses de que llegara el día D, el general Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe aliado a cargo de la inminente invasión que liberaría Europa Occidental del régimen nazi, se reunía con Noel Wild, al mando de un sector poco conocido encargado del engaño estratégico, y le hacía esta petición: “Solo te pido que me quites de encima el XV ejército [alemán] los dos primeros días. Nada más”. Dos días necesarios para consolidar las cabezas de playa que debían tomar las primeras divisiones aliadas que desembarcasen en la costa de Normandía. Enfrente se encontraban las fuerzas alemanas, englobadas en los ejércitos 15 y 70, que disponían de 56 divisiones, 10 de ellas Panzer acorazadas y 4 divisiones SS, cubriendo la costa atlántica francesa y belga, principalmente en el sector de Calais.


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Soldados americanos desembarcan en Normandía bajo el fuego de las ametralladoras alemanas. / Reuters

Las fuerzas anglo-americanas recién desembarcadas serían aniquiladas y la guerra se alargaría, con un coste mucho mayor en vidas humanas, si los ejércitos alemanes acudían de manera masiva a defender Normandía. Para mantener a esas tropas alejadas del lugar elegido se diseñó un plan de desinformación militar estratégica de dimensiones hasta ese momento desconocidas que recibió el nombre de Operación Fortitude (Fortaleza). Este plan contaba con el despliegue de un ejército fantasma que desembarcaría en Calais y un minucioso trabajo de espías y agentes dobles y, de todos ellos, el que jugó un papel más decisivo fue un español llamado Juan Pujol, conocido en clave como Garbo, que fue capaz de ganarse la confianza total de los servicios de inteligencia alemanes para, llegado el momento, influir en la toma de decisiones de Hitler y su Alto Estado Mayor de manera determinante.

La vida de Juan Pujol y sus increíbles peripecias como agente doble durante la II Guerra Mundial son objeto de análisis ahora con Garbo, el espía, obra de Stephan Talty publicada por Destino el pasado mes de septiembre. Talty, periodista y escritor norteamericano de origen irlandés que ha colaborado con The New York Times, Miami Herald o Irish Times, ha publicado varios libros de no ficción y siempre ha demostrado interés por abordar el análisis de personajes y hechos históricos algo olvidados hasta el momento como la vida del pirata Henry Morgan en Empire of Blue Water o la epidemia de tifus que se cebó sobre la Grande Armée de Napoleón en su campaña rusa en The Illustrious Dead.

La biografía sobre el espía español cuenta con el trabajo de años de investigación y las reflexiones personales de Pujol, sus familiares y sus compañeros en el MI5 británico. En estos tiempos en que las revelaciones del analista de la NSA Edward Snowden han destapado el entramado de espionaje masivo de las comunicaciones internacionales de Estados Unidos para conseguir información hasta de países aliados y 35 líderes internacionales, este libro llega en un momento muy oportuno para adentrarnos en el mundo del espionaje.

Un padre que "aborrecía la violencia (…) humanista comprometido que creía en la ciencia, el progreso y, por encima de todo en la tolerancia”, en palabras del autor, va a ser la principal influencia en la vida del futuro espía. La niñez y juventud de Pujol se desarrollan en la Barcelona próspera aunque convulsa de principios del siglo XX y con 24 años le sorprende el inicio de la guerra civil. No son estos primeros capítulos lo mejor del libro pues la descripción que Talty hace de Cataluña, los años de la II República y la guerra española se muestra algo endeble y no logra sumergirnos en la atmósfera del momento. Al menos contamos con las declaraciones del biografiado para entender al personaje en su época.



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Juan Pujol, soldado republicano.


Pujol vivió el ambiente de terror revolucionario de los primeros meses de la guerra en Barcelona y eso le convenció para rechazar los métodos del anarquismo y el comunismo y pasarse al bando franquista. Pero no tardó en detestar al régimen fascista español y su colaboración con la Alemania nazi que había invadido Polonia y desencadenado la II Guerra Mundial. “Mis convicciones humanistas no me permitían cerrar los ojos ante el enorme sufrimiento que estaba desencadenando ese psicópata”, declara Pujol que empieza a buscar la manera de ser útil a Gran Bretaña, la única potencia que se mantiene firme ante Hitler.

¿Qué podía hacer un español corriente que se había dedicado al negocio de la cría de pollos o la gerencia de un hotel en Madrid, y que no hablaba idiomas, para ayudar a Inglaterra a vencer a los nazis? Aparte de convicciones, a Juan Pujol le sobraban otras virtudes: talento, arrojo, imaginación desbordante y encanto en la relación con las personas. Por si esto no fuera suficiente, en abril de 1940 se casó con Araceli González, una hermosa mujer de fuerte carácter que fue su principal apoyo cuando Pujol tomó la decisión más importante de su vida: la de espiar como agente doble para ayudar a derribar el nazismo. Suena descabellado y, desde luego, lo era. Talty, ahora sí, pone a nuestra disposición una cantidad ingente de información sobre las andanzas del espía más famoso de la guerra mundial y los servicios secretos, lo que unido a un cautivador estilo de thriller, consigue que creamos estar leyendo una novela de espionaje que no queremos quitarnos de las manos.

No fue fácil trabajar para los servicios secretos ingleses. Pujol era rechazado, no encontraban ningún interés en su oferta y mientras tanto, decidió ofrecerse a la Abwehr, los servicios de inteligencia alemanes, que en España disponían de una red de espionaje al más alto nivel. Su plan con los alemanes tuvo éxito y logró ser reclutado como espía. Su nombre en clave para los nazis será Arabel (según un documental sobre Araceli, Pujol homenajeó a su mujer con el nombre en clave, Araceli bella, en contra de lo que opina Talty que alude al término ‘suplicante’ en latín como su origen).

El matrimonio Pujol se fue a Lisboa y desde allí empezaron a transmitir información a la oficina madrileña de la Abwehr haciéndoles creer que estaban en Inglaterra. Solamente a la sexta vez, en abril de 1942, y con la ayuda inestimable de Araceli, consiguió Juan Pujol que los ingleses le captasen como agente doble y se lo llevaran a Inglaterra para participar en el engaño estratégico.


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Juan Pujol, Garbo, ante la Embajada alemana en Madrid. / Chema Conesa


La situación del espionaje militar británico al comenzar la guerra permite que, por unas páginas, el relato de Talty adquiera un tono de comicidad realmente hilarante cuando nos describe los planes para prender fuego al Canal de la Mancha o la idea de crear un nuevo líder alternativo “porque los alemanes habían perdido la fe en Hitler”. Afortunadamente, cuando Pujol llega a Londres las filas del MI5 y el MI6 contaban con espías mucho más eficientes como Desmond Bristow o Tommy Harris, el colaborador perfecto con que podía contar Garbo a la hora de tejer la tela de araña en la que caerían los alemanes. Bajo la supervisión del coronel David Strangeways se creó el FUSAG, un ejército fantasma de un millón de hombres imaginarios al mando del general Patton, que tenía que convencer a Hitler de que el desembarco aliado llegaría por Calais. Se trataba de un sinfín de estratagemas y efectos especiales que tenían el fin de dar verosimilitud a los 1.200 mensajes que envió Garbo a la Abwehr contando con una red falsa de 27 subagentes inexistentes repartidos por la isla.

La información que se transmitía incluía un porcentaje de datos verdaderos y pretendía trazar los contornos de ese ejército fantasma que se preparaba para desembarcar a la vez que tenía que hacer desaparecer el ejército aliado real. El trabajo de Garbo se cierra con un broche de oro cuando, una vez efectuado el desembarco real en Normandía, consiguió con sus mensajes convencer a Hitler para mantener en sus bases de Calais a las divisiones acorazadas alemanas el tiempo suficiente para hacer la reacción inútil. El Día D y la invasión aliada habían logrado su objetivo.

A modo de gran ironía histórica, apenas dos meses después, Garbo era condecorado por el ejército nazi con la Cruz de Hierro con hojas de roble por ser considerado “el espía más brillante del servicio alemán” (también fue nombrado miembro de la Real Orden del Imperio Británico). Incluso Araceli, una vez acabada la guerra, se pasó por la embajada alemana en Madrid para recoger el resto del dinero que debían a su marido como espía al servicio de la Abwehr. Stephan Talty relata en un escueto final las indagaciones de Nigel West, el historiador que consigue dar con la pista de Garbo, desaparecido desde 1949 en que le dieron falsamente por muerto en Angola, poco antes de la celebración del 40 aniversario del desembarco de Normandía. Fue la reaparición estelar de un hombre normal y corriente que tuvo el coraje y la determinación de luchar contra un enemigo feroz con la única arma de su persona.

Rafael Fraguas entrevistó para EL PAÍS a Juan Pujol, Garbo, el 12 de septiembre de 1984.






Joan Pujol

Joan (o Juan) Pujol García MBE (Barcelona, España, 14 de febrero de 1912 - Caracas, Venezuela, 10 de octubre de 1988) conocido por su nombre en clave británico Garbo, y por su nombre en clave alemán Arabel, fue un doble agente español que con la asistencia de su esposa, Araceli González Carballo González (Lugo, España, 1914 - Madrid, 1990) desempeñó un papel clave en el éxito del desembarco en Normandía al final de la Segunda Guerra Mundial. La información falsa que Pujol proporcionó a Alemania ayudó a convencer a Hitler de que el ataque principal sería más tarde y en otro lugar, Paso de Calais (Francia), lo que resultó en su decisión de reducir las tropas en la zona del desembarco.

Agente del Reich

Nacido en Barcelona en el seno de una familia de clase acomodada, Pujol desarrolló una profunda aversión hacia la Alemania nazi y la Unión Soviética después de sus vivencias del fascismo y del comunismo en Cataluña tras la Guerra Civil Española. Alrededor de 1940, decidió que debía contribuir al final de la guerra ayudando al Reino Unido, único adversario de Alemania en aquellas fechas.

Araceli González se dirigió entonces a la embajada británica en Madrid, donde ofreció los servicios de su marido como espía. Tras ser rechazado ofreció sus servicios al III Reich con la intención de servir como espía doble para los aliados. Una vez aceptado por los alemanes estableció una falsa red de espías e hizo pequeños trabajos para éstos, tales como retransmitir códigos por radio, y volvió a ofrecer sus servicios al MI5, siendo esta vez aceptado, ya que el servicio de inteligencia británico había controlado sus pasos y conocía su situación (aunque esto él nunca lo llegó a saber).

Aunque operaba inicialmente desde Lisboa, fingía ante los alemanes estar en Gran Bretaña. Inventaba informes ficticios sobre movimientos de barcos mercantes, convenciéndolos con éxito de que eran datos verdaderamente valiosos, gracias a información obtenida en la biblioteca de Lisboa y noticieros del cine. Fingía viajar por toda Gran Bretaña y enviaba sus partes de gastos, según los precios que obtenía de una guía de ferrocarriles británica. Al comienzo pasó ciertos apuros al no entender correctamente el sistema británico de moneda pre-decimal (libras, chelines y peniques), pero solventó sus problemas enviando los partes gasto por gasto y arguyendo que ya enviaría el total más tarde.

Agente doble

Llegó al Reino Unido en la primavera de 1942 y operó como agente doble bajo el auspicio del Comité XX (Sistema de la Doble Cruz), una iniciativa de la Inteligencia Británica basada en la captura de agentes alemanes y su posterior conversión en agentes dobles para labores de contraespionaje o para maniobras de desinformación del enemigo. Su trabajo principal fue el de convencer a los alemanes que había conseguido reclutar a un gran número de agentes en Reino Unido, algunos de ellos personas de mucha influencia y con información valiosa. La dificultad de su trabajo radicaba en que debía en todo momento fabricar informes coherentes de todos los agentes que iba inventando y que no se contradijeran entre sí, sin perder credibilidad.

A veces debía inventar razones para explicar al Abwehr por qué uno de sus agentes había sido incapaz de informar sobre alguna operación que tarde o temprano llegaría a oídos alemanes y para no descubrir que todo era una farsa. En una ocasión informó que uno de sus agentes de Liverpool había caído enfermo justo antes de un gran movimiento de flota desde ese puerto a la costa oeste de Inglaterra. Al caer supuestamente enfermo, le fue imposible a ese espía transmitir aquella información. Para dar énfasis a su historia inventada, incluso tuvo que fingir la muerte de ese agente y hasta una esquela falsa fue publicada en un diario local. De esa forma, los alemanes creyeron su historia y hasta pagaron una pensión a la viuda del agente muerto.

La información que Pujol enviaba a los alemanes era inventada por sus superiores británicos e incluía una gran parte de sucesos verdaderos para que los informes fueran más convincentes. En ocasiones, se conseguía el efecto deseado mandando información genuina pero retrasando su llegada para que el daño fuera mínimo. Para ello a veces se recurría a matasellar una carta con una fecha anterior, pero no mandándola hasta la víspera del movimiento de tropas en cuestión para que cuando llegara pareciera un retraso del servicio de correos (esta maniobra fue utilizada antes de la Operación Torch). Los alemanes pagaban a Garbo grandes cantidades de dinero para mantener su red de agentes, que en un momento dado llegó a contar con 22 personajes ficticios. Garbo gozó de bastante credibilidad entre sus superiores (tanto de un bando como del otro), lo que lo llevó a adquirir el estatus de «A1 Agent».

Operación Fortitude

El trabajo de desinformación de Garbo era parte de la Operación Fortitude, que convenció a Adolf Hitler y a muchos de sus colaboradores de que la invasión aliada ocurriría en el estrecho de Calais, a 249 km de Normandía, y que el desembarco de Normandía era sólo una maniobra para atraer a las tropas alemanas lejos de Calais. De hecho, fue tal la credibilidad de la que gozó por parte de Hitler que incluso una vez comenzado el desembarco siguió pensando que esta no era la verdadera invasión, sino una mera distracción para el verdadero ataque en Calais. Para cuando Hitler se dio cuenta del engaño, la Operación Overlord ya había sido un éxito y las tropas aliadas se había adentrado demasiado, por lo que la movilización de las divisiones acorazadas no tendría el mismo significado.

Existe información sobre este espía en el Imperial War Museum de Londres, que incluye material altamente sensible desclasificado.

Condecoraciones

Garbo tiene el honor de ser la primera y una de las pocas personas condecoradas con medallas de ambos bandos, la Cruz de Hierro alemana (1944) y la Orden del Imperio Británico (1944).

Después de la guerra

Después del final de la Segunda Guerra Mundial, Pujol temía represalias de supervivientes nazis. Con la ayuda del MI5, Pujol viajó a Angola y fingió su muerte de malaria en 1949. De hecho nadie supo que seguía vivo, ni siquiera los servicios secretos británicos. Había ganado mucho dinero en la guerra ya que fue muy bien pagado, sobre todo por los alemanes y se trasladó a la población de Lagunillas en Venezuela, donde vivió en el anonimato estableciendo una librería, una tienda de regalos y un cine en Choroní, localidad costera venezolana de la que Pujol estaba enamorado. Pero no tuvo suerte en los negocios y perdió mucho dinero.

Antes de desaparecer se había divorciado de su primera esposa y posteriormente se casó en Venezuela con Carmen Cilios con la que tuvo dos hijos, Carlos Miguel y Juan Carlos, y una hija que murió en 1975 a la edad de veinte años.

Durante décadas se le dio por muerto, incluso su primera mujer y dos hijos que tuvo con ella lo creían así. Tampoco la familia que fundó en Venezuela sabía quién había sido. A veces comentaba en familia medio en broma que había sido un espía pero nadie le creía y se burlaban de él.

En 1984, Pujol se había trasladado con su hijo a la casa de Carlos Miguel en La Trinidad, Caracas. Fue más o menos por estas fechas cuando el escritor británico Nigel West, especializado en novelas de espías, se interesó por el fascinante personaje de Pujol sorprendiéndole su muerte tan novelesca. West intuyó que Pujol podría seguir vivo y se dedicó a su búsqueda consiguiendo al fin encontrarlo.

Tras su reaparición viajó a Inglaterra donde se reunió con sus viejos compañeros del M15 y donde recibió toda clase de honores siendo recibido además por el duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II. También viajó por varios países europeos en donde apareció en diversos medios de comunicación. Naturalmente visitó su cuidad natal, Barcelona, allí tuvo un encuentro con los hijos de su primer matrimonio que le consideraban muerto.
Pujol murió en Caracas en 1988 y está enterrado en Choroní, su querida población costera muy próxima al Parque Nacional Henri Pittier.

Cinematografía

El documental Hitler, Garbo... y Araceli (Lugopress / Cora) descubre la participación de esta última, su primera esposa, en el trabajo de Garbo.

La película documental Garbo, el hombre que salvó al mundo (dirigida por Edmon Roch; España) fue galardonada con el Giraldillo de Oro al mejor documental en la sexta edición del Festival de cine europeo de Sevilla. Asimismo, ganó el premio Goya a la mejor película documental del año 2009. Es un thriller documental sobre espías y agentes dobles contada con fragmentos de películas, material de archivo y entrevistas que articulan el discurso de forma que atrae al espectador hacia la historia de Joan Pujol. Tras su paso por numerosos festivales de cine internacionales, entre los que destacan Roma, Ámsterdam y Sevilla, el filme se estrenó en salas comerciales españolas el 4 de diciembre de 2009.








728.- El castigo en las posguerras (1939-1945)

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Presos republicanos, durante una misa en la cárcel de Porlier en Madrid en 1943. / EFE


El castigo en las posguerras (1939-1945)

Por: Julián Casanova | ElPaís

Hace ahora 75 años. El 9 de febrero de 1939, cuando se aproximaba “la total liberación de España”, Franco firmó en Burgos la Ley de Responsabilidades Políticas. Los republicanos eran los culpables y tenían que pagar por ello. Unos años después, cuando los nazis y fascistas fueron derrotados en Europa, decenas de miles de ellos fueron también víctimas de la violencia retributiva y vengadora de los vencedores. La comparación entre esas dos posguerras aporta notables enseñanzas sobre la represión, la colaboración, la resistencia o las memorias que quedaron de todo ese pasado de violencia.

Los vencedores de la guerra civil española decidieron durante años la suerte de los vencidos. Un paso esencial de esa violencia vengadora sobre la que se asentó el franquismo fue la Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939. En ella se declaraba “la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas”, que, con efectos retroactivos, desde el 1 de octubre de 1934, “contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España” y que a partir del 18 de julio de 1936 se hubieron opuesto al “Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave”. Todos los partidos y “agrupaciones políticas y sociales” que habían integrado el Frente Popular, sus “aliados, las organizaciones separatistas”, quedaban “fuera de la Ley” y sufrirían “la pérdida absoluta de los derechos de toda clase y la pérdida total de todos sus bienes”, que pasarían “íntegramente a ser propiedad del Estado”.

La puesta en marcha de ese engranaje represivo y confiscador causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda a una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Los odios, las venganzas y el rencor alimentaron el afán de rapiña sobre los miles de puestos que los asesinados y represaliados habían dejado libres en la administración del Estado, en los ayuntamientos e instituciones provinciales y locales.

Quienes habían provocado con la sublevación militar la guerra, la habían ganado y gestionaron desde el nuevo Estado la victoria, asentaron la idea, imposible de contestar, de que los republicanos eran los responsables de todos los desastres y crímenes que habían ocurrido en España desde 1931. Proyectar la culpa exclusivamente sobre los republicanos vencidos libraba a los vencedores de la más mínima sospecha. El supuesto sufrimiento colectivo dejaba paso al castigo de solo una parte. Franco, el máximo responsable de la represión, lo recordaba con el lenguaje religioso que le servía en bandeja la Iglesia católica: “No es un capricho el sufrimiento de una nación en un punto de su historia; es el castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia”.

Cargar la responsabilidad sobre los vencidos es algo que también se hizo en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y aunque hubo un acuerdo general en concentrar en los alemanes la culpa, el castigo y la violencia vengadora contra quienes habían luchado o colaborado con los nazis, causó estragos y no fue nada ejemplar, aunque se intentara saldarlo para el recuerdo posterior con los juicios de Nuremberg. En realidad, como señala Isván Deák, “en los anales de la historia nunca ha habido tanta gente implicada en el proceso de colaboración, resistencia y castigo a los culpables como en Europa durante y después de la Segunda Guerra Mundial”. En España se perseguía con saña a la izquierda y en otros países eran los fascistas, nazis y colaboracionistas el blanco de las iras como devolución al sufrimiento que ellos habían causado.

Cientos de miles de personas fueron víctimas de esa violencia retributiva y vengadora, con un amplio catálogo de sistemas de persecución: desde linchamientos, especialmente en los últimos meses de la guerra, a sentencias de muerte, prisión o trabajos forzados. En Francia, casi diez mil colaboracionistas, o acusados de serlo, fueron linchados en los últimos instantes de la guerra y en el momento de la liberación. En Austria, los tribunales iniciaron procedimientos contra cerca de 137.000 personas, aparte de los cientos de miles de funcionarios destituidos de sus puestos.

Un caso paradigmático de violencia antifascista fue Hungría. Entre febrero de 1945 y abril de 1950, casi 60.000 personas pasaron por esos tribunales; 27.000 fueron declarados culpables, de los cuales 10.000 fueron sentenciadas a penas de prisión y 477 condenadas a muerte, aunque sólo 189 fueron ejecutadas. Según László Karsai, unos 300.000 ciudadanos húngaros, alrededor del 3 por ciento de la población, “sufrieron algún tipo de castigo durante las purgas de la inmediata posguerra”. Al contrario de lo que ocurrió en otros países, en Hungría no hubo linchamientos de supuestos colaboradores o criminales de guerra.

Hubo, sin embargo, castigos ejemplares, que salieron de los catorce grandes juicios políticos que tuvieron lugar entre 1945 y 1946. Cuatro ex presidentes de Gobierno, varios ministros y altos oficiales del ejército fueron ejecutados. Ése fue el destino, en el juicio más esperado, de Ferenç Szálasi, principal instigador del paraíso nacionalsocialista, convertido en pesadilla de cientos de miles de húngaros, ejecutado el 12 de marzo de 1946. Un año antes, un decreto del 17 de marzo de 1945 había ordenado la expropiación de las tierras y de las propiedades de los miembros de la Cruz Flechada y de los principales criminales de guerra.

La mayoría de los actos de castigo “retributivo” a los fascistas, como señala Tony Judt, fueron llevados a cabo antes de que se constituyeran formalmente los tribunales establecidos para que pasaran por un juicio. De las aproximadamente diez mil ejecuciones sumarias que tuvieron lugar en Francia en la transición desde Vichy a la Cuarta República, alrededor de un tercio ocurrieron antes del día D, 6 de junio de 1944, la fecha del inicio del desembarco de Normandía, y un 30% más durante los combates de las siguientes semanas. Algo parecido sucedió en los países del este y en Italia, donde la mayoría de las 15.000 personas asesinadas por fascistas o colaboracionistas encontraron ese fatal destino antes o durante los días de la liberación por las tropas aliadas.

Además, como ocurrió con la Ley de Responsabilidades Políticas, la “legislación retroactiva” fue una práctica general en Europa durante ese tiempo de odios. Los legisladores húngaros, por ejemplo, establecieron en 1945 que los criminales de guerra podrían ser procesados “incluso si en el momento que cometieron sus crímenes, esos hechos no estaban sujetos a persecución de acuerdo con las leyes entonces en vigor”.

Como puede observarse, la violencia directa, dirigida en el momento final de la guerra en España contra los republicanos y en Europa contra los fascistas, y los procedimientos judiciales que siguieron, adoptaron una considerable variedad de formas, perfectamente comparables. En muchos casos, antes de que se montaran los tribunales o las instituciones “legítimas”, ya se había hecho justicia. La diferencia esencial fue la duración de esas posguerras y de la violencia contra los vencidos.

En Europa, tras los dos primeros años de posguerra, las sentencias decrecieron y pronto llegaron las amnistías, un proceso acelerado por la Guerra Fría, que devolvieron el pleno derecho de ciudadanos a cientos de miles de ex nazis, sobre todo en Austria y Alemania. En el este, fascistas de bajo origen social fueron perdonados e incorporados a las filas comunistas y se pasó de perseguir a fascistas a “enemigos del comunismo”, que a menudo eran izquierdistas, mientras que en Occidente, donde las coaliciones de izquierdas se cayeron a plazos en 1947, la tendencia fuer perdonar a todo el mundo. La identificación y el castigo de los nazis había acabado en 1948 y era un tema olvidado a comienzos de los años cincuenta.

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En España, sin embargo, la posguerra fue larga y sangrienta, con la negación del perdón y la reconciliación, y con Franco, los militares y la Iglesia católica mostrando un compromiso firme y persistente con la venganza. Las leyes que siguieron a la de Responsabilidades Políticas, la de Represión de Masonería y el Comunismo de primero de marzo de 1940, la de Seguridad y del Estado de 29 de marzo de 1941 y la que cerró ese círculo de represión legal, la de Orden Público de 30 de junio de 1959, fueron concebidas para seguir castigando, para mantener en las cárceles a miles de presos, para torturarlos y humillarlos hasta la muerte.

Hacia 1950, todos los países del este de Europa estaban en el campo de las “democracias populares”, pero en la década anterior a la consolidación del dominio comunista la experiencia de cada uno de esos países, durante la Segunda Guerra Mundial y en la inmediata posguerra, había sido muy distinta. Los partidos comunistas, bajo el amparo del ejército rojo soviético, neutralizaron y reprimieron a todos los demás partidos antifascistas que habían formado coaliciones nada más derrotar a las potencias del Eje. El comunismo, como hicieron algunas democracias y el franquismo en España, reinventó la historia y durante años negó a la población cualquier posibilidad de un conocimiento crítico sobre ese pasado reciente.

En la posguerra, el “pacto de silencio” se convirtió en una estrategia de la política europea y fue ampliamente adoptada durante el período de guerra fría, cuando muchas cosas tenían que olvidarse para consolidar la nueva alianza militar frente al bloque comunista. El término fue utilizado en 1983 por Hermann Lübbe, en una descripción retrospectiva, para mostrar que mantener silencio fue una “estrategia pragmática necesaria” adoptada en la posguerra en Alemania, y apoyada por los aliados, para facilitar la reconstrucción y la integración de los antiguos nazis.

Eichmann
Adolf Eichmann durante su juicio, en un fotograma de Hannah.

Tras un período en el que la guerra y sus terrores parecían hundirse en el olvido, generaciones más jóvenes comenzaron a preguntarse en Alemania, Francia o Italia, desde mediados de los años sesenta, qué había pasado durante la guerra y la posguerra. “El cambio paradigmático del modelo del “olvido” a una reorientación hacia el “recuerdo” ocurrió con la vuelta de la memoria del Holocausto, tras un período de estado latente”. Desde las imágenes del juicio a Adolfo Eichmann en Jerusalén en 1961 al reconocimiento posterior en Alemania de su pasado como verdugos, el recuerdo, “recordar para nunca olvidar”, se convirtió en la única respuesta adecuada para esa experiencia tan destructiva y devastadora y se rechazó el modelo, que había estado vigente hasta ese momento, de sellar el pasado traumático y mirar al futuro.

Desde 1989, la apertura de archivos en Europa del este desafió también algunas de las construcciones de la memoria y al recuerdo del Holocausto se sumó el del sufrimiento bajo el comunismo. Cómo adaptar las memorias a la historia y la gestión pública del pasado se convirtieron en asuntos relevantes en la última década del siglo XX y en la primera del XXI, cuando se asistió en muchos países a una reorientación general desde el olvido al recuerdo.  Una reorientación que también se ha producido en España y en ello estamos, en medio de debates entre historiadores, manipulaciones políticas e indiferencia de una buena parte de la sociedad hacia las víctimas de la dictadura. Pero no somos tan diferentes, como demuestra esa historia y las tensiones que su recuerdo provoca en el presente.

lunes, 31 de marzo de 2014

721.- España, vendida al fascismo

Hitler y Franco durante su encuentro en Hendaya.
Hitler y Franco durante su encuentro en Hendaya.

España, vendida al fascismo



La ayuda militar y económica prestada por Alemania e Italia desde los primeros compases de la guerra fue clave para la victoria del ejército de Franco. El Estado español de abril de 1939 debía a Hitler 372 millones de marcos y a Mussolini 6.926 millones de liras

ALEJANDRO TORRÚS  Público.es


Mito número uno de la Guerra Civil española: el conflicto bélico debe ser interpretado en clave interna y la fecha del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se explica por el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio del mismo año y la "anarquía" a la que conducía la República. Mentira. La realidad es que la elección del 18 de julio como fecha del golpe se explica por los contratos de compra de armas que los conspiradores monárquicos firmaron con la Italia fascista de Mussolini el 1 de julio mediante los cuales los italianos se comprometieron a entregar a los golpistas 47 aviones de guerra y miles de bombas, ametralladoras y municiones.

"De todos los países que intervinieron en la Guerra Civil el que más recursos invirtió fue, sin duda, Italia, que sin embargo era más débil que Alemania y la Unión Soviética, porque Mussolini consideró que podría influir en la orientación futura de la política española", explica el historiador Ángel Viñas en la obra 75 años después. Las claves de la Guerra Civil española (Ediciones B) de Mario Amorós, que asegura que la firma de los contratos con la Italia fascista demuestran que "los conspiradores pensaban que el golpe de Estado podía fácilmente derivar en una guerra civil" y que el asesinato de Calvo Sotelo no afectó a la sublevación militar. "La sublevación hubiera estallado igualmente. Todo estaba preparado. Incluso el 'detalle' de los aviones", prosigue Viñas.

"De los países que intervinieron en la guerra el que más recursos invirtió fue, sin duda, Italia", apunta Viñas

El historiador Ángel Viñas desveló en la obra colectiva Los mitos del 18 de julio (Crítica) los contratos que materializaron la ayuda italiana. Fueron, exactamente, cuatro documentos con sus correspondientes anexos. El primer contrato ascendía a un valor 16.246.750, 55 liras e incluía doce aviones Savoia 81; 10.000 bombas de dos kilogramos; 500 bombas de 50 kilos; 1.500 de 100; y 100 de 250; más carburantes y lubricantes. "Es muy importante destacar que los suministros objeto de este primer contrato debían entregarse durante el mes de julio. Es decir, eran la punta de lanza que había de asegurar el éxito de la sublevación en el curso de las siguientes semanas", asegura Viñas.

Los tres siguientes contratos recogieron la compra de decenas aviones caza CR 32, hidroaviones Macchi 41, un hidro Savoia 55X, proyectiles perforantes, más motores, ametralladoras, etc. En total, estos cuatro contratos. "El importe final de los contratos romanos ascendió, pues, a la suma de 39.286.876,37 liras (...) En resumen, se trató de un montante de 339 millones de euros. Una cifra nada desdeñable, aunque menos desdeñable era que había que pagar a tocateja, a la entrega del material", escribe Viñas.

El Duce financia a Falange

La ayuda militar contemplada en estos cuatro contratos descritos no fue la única que Mussolini prestó a los sublevados. Desde junio de 1935 el Duce estuvo transfiriendo 50.000 liras mensuales. La operación -describe José Ángel Asiaín en La financiación de la Guerra Civilespañola (Crítica)- se rodeó del más estricto secreto, hasta tal punto que incluso José Antonio Primo de Rivera iba cada dos meses a París a recoger personalmente los fondos, no utilizando en ningún momento los servicios de los medios italianos en Madrid, ni la valija diplomática.

"En todo caso, parece claro que esa subvención permitió a Primo de Rivera y a los falangistas emanciparse financieramente y que el partido pudiera satisfacer sus necesidades más perentorias sin recurrir a la ayuda de los monárquicos", escribe José Ángel Asiaín.

Bonos del Tesoro para Mussolini

Una vez acabada la Guerra, el Gobierno de Franco procedió a la negociación de la liquidación de la deuda con el Gobierno italiano. El total del crédito ascendía a 6.926 millones de liras más otros 300 millones que había prestado la banca italiana. El proceso de liquidación no planteó, en cambio, ningún problema, debido a "la generosidad que en todos los momentos las altas jerarquías del Estado italiano", dice Sánchez Asiaín. "El Gobierno italiano propuso fijar en 5.000 millones de liras la deuda total. El resto quedaba condonado", escribe el economista, que añade que la devolución del crédito de 300 millones de euros fue objeto de "un acuerdo especial".

Así, para la devolución de tal cantidad de dinero el Gobierno español debía emitir, y consignar a favor del Gobierno italiano, bonos del Tesoro español no transferibles ni pignorables. El acuerdo fue materializado en el BOE el 5 de febrero de 1942 cuando se estableció que, superadas "las dificultades de orden material para confeccionar los títulos en que se ha de quedar representada la deuda al Gobierno de Italia por suministros especiales durante 'la guerra española de liberación' , el ministro de Hacienda emitiría y entregaría a la administración central del Banco de Italia cinco mil bonos del Tesoro español de un millón de liras cada uno.

El resultado de la II Guerra Mundial fue favorable a los intereses de España, al menos, en lo referido a la devolución de la deuda. La notable depreciación de la lira, que se produjo en el período 1942-1967, provocó que el peso de la deuda disminuyera considerablemente, en términos reales, para la España de Franco.

La ayuda de la Alemania de Hitler

Pero sí la ayuda de Italia fue la más importante en términos cuantitativos, la alemana tuvo especial importancia en términos cualitativos. Si bien Mussolini había prestado su ayuda con la intención de influir al máximo en la política española, Ángel Viñas relata que fue Hitler y su III Reich el que fascinó al general Francisco Franco. "En el transcurso de la Guerra Civil la nación que deslumbraría a Franco fue Alemania, no Italia. Por eso, cuando acabó la contienda, Franco gravitó hacia el III Reich a pesar de los roces que había tenido con ellos", asegura Viñas, que afirma que si bien Franco tomó muchas cosas importantes de la Italia fascista como "los sindicatos verticales" él estaba "fascinado" por los nazis.

"Los golpistas trataron de acercarse desde el primer momento a Alemania en busca de ayuda"
Al contrario que la Italia fascista, la Alemania nazi no tuvo nada que ver con el golpe de Estado de 1936. Los alemanes no intervinieron en España hasta que comenzó la Guerra Civil. Los golpistas trataron de acercarse desde el primer momento a Alemania en busca de ayuda. El proceso oficial de petición de ayuda de los sublevados a Alemania comenzó el 21 de julio, cuando Franco, tratando de llegar a Hitler de la forma más directa y rápida, recibió a Johannes Berbhardt, del que sabía que estaba en condiciones de contactar con facilidad, y sin trámites administrativos, directamente con el propio Hitler.

Entre los motivos por los cuales Hitler aceptó la petición de ayuda de Franco se encuentra, según Sánchez Asiaín, la "simpatía hacia los planteamientos anticomunistas" y la posibilidad de "utilizar el conflicto español como un laboratorio para mejorar las técnicas de los ejércitos alemanes". Así, Hitler decidió mandar unos JU-52 de transporte cuanto antes a Marruecos para trasladar a las tropas de Franco a la península.

Sin embargo, los motivos políticos no fueron los que más pesaron en la decisión de Hitler. Relata el autor de La financiación de la Guerra Civil española que "pronto quedó claro que la península Ibérica formaba parte de sus objetivos comerciales, y que la riqueza minera era un importante objetivo". "La intervención alemana en la Guerra Civil española, y el volumen de su ayuda, no puede entenderse sin tener en cuenta la política de aprovisionamiento de materias primas, especialmente de minerales aplicados a las necesidades de guerra", escribe.

A través de varias empresas, Hitler trazó un "perfecto mecanismo" para explotar la dependencia de Franco de la ayuda militar y económica alemana. La más importante de ellas fue Hisma, que se convirtió en un instrumento decisivo de la influencia alemana cuyo último objetivo "era reducir España a una especie de protectorado alemán".

372 millones de marcos

Así, una parte considerable de la deuda que España contrajo con Alemania fue pagada por compensación, es decir, con exportaciones españolas a Alemania, sobre todo de minerales. Cabe recordar que en enero de 1939, casi la mitad del comercio exterior de la España de Franco se dirigía a Alemania y que, por otra parte, ha quedado más que demostrado que los alemanes intentaron cobrarse con creces su ayuda, y que para conseguirlo hicieron todo lo que estuvo en sus manos, al menos, hasta su derrota en la II Guerra Mundial.

Una vez terminada la Guerra Mundial, Alemania fijó la deuda de la España de Franco en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor, que los alemanes cifraron en 99 millones de marcos. No obstante, la dictadura de Franco y la de Hitler jamás llegaron a un acuerdo para devolver el importe de la deuda aunque sí que encontraron una solución política de entendimiento mutuo para demorar el acuerdo firmado en 1941 que permitía a los alemanes hacer compras en España sin pagar su importe. "Y minerales, aceite y naranjas, entre otras cosas, fueron enviados a Alemania sin generar divisas para la economía española", concluye Sánchez Asiaín.








sábado, 29 de marzo de 2014

718.- Un partido de fútbol Alemania - España para la División Azul

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Un Alemania - España para la División Azul

Por Miguel Ángel Lara

No cabía un alma en las gradas del estadio Olímpico de Berlín el 12 de abril de 1942. Alemania y España jugaban algo más que un partido de fútbol, era una exhibición ante el mundo de que en plena Segunda Guerra Mundial el nacionalsocialismo y el franquismo se podían permitir ‘lujos’ de normalidad. El amistoso iba a servir además para homenajear a la División Azul, los voluntarios españoles que combatían en el Frente Oriental al lado de la Wehrmacht.

Entre los más de 90.000 espectadores que abarrotaban un estadio convertido en una exhibición de esvásticas, banderas de la España franquista y de la Italia de Mussolini (arbitró el italiano Barlassina), había 5.000 localidades reservadas para las organizaciones militares hispano-alemanes. Los heridos de la División 250.

Einheitspanischer Freiwilliger de la Wehrmacht (la División Azul) ocupaban un lugar de honor. Y al lado de muchos de ellos las enfermeras que les cuidaban.

El mismo día del partido, Hitler ordenó que, en la ofensiva alemana prevista para ese verano contra la Unión Soviética, la ciudad rusa de Voronez fuera la primera en ser atacada y tomada. La distribución de las entradas explica lo que se vivía en aquellos días en Berlín: 6.000 reservadas para las Juventudes Hitlerianas, 14.000 para el Ejército Alemán, 22.000 para los clubes deportivos del Reich, 5.000 para los aliados españoles, 1.000 para inválidos de guerra e invitados de honor y algo más de 40.000 para la población civil.

La selección española, con Eduardo Teus (seleccionador) y Ricardo Zamora (entrenador) a la cabeza, voló el 11 de abril desde el barcelonés aeropuerto de El Prat en dos Junkers alemanes, uno con 21 personas y otro con cinco. A las siete del la tarde (primero se aterrizó en Stuttgart y de allí se voló a Berlín) la delegación tomó tierra en el aeropuerto de Tempelhof. A pie de pista fue recibida por el embajador de España en Alemania (Alonso Caro), representantes del Jefe de Deportes del Reich, el secretario general de la Federación Alemana y teniente coronel Mario Gómez Zamalloa (regimiento 262 de la División Azul).

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Además del entrenamiento en un Olímpico de Berlín pesado por las incesantes lluvias, el 11 de abril estuvo cargado de actos políticos para la selección española. A las cuatro de la tarde, los 18 jugadores seleccionados depositaron una corona de flores en el cenotafio en plena Unter der Linden dedicado a los héroes de la guerra.

Después, la delegación española y la prensa enviada a Berlín fueron invitadas al Wintergarten, el teatro de variedades más famosos del Reich y que sería destruido por las bombas aliadas el 21 junio de 1944.

El domingo, desde primera hora, los alrededores del Olímpico eran un hervidero de gente. La guerra impedía que como durante los Juegos de 1936 una cadena de altavoces llevara desde el estadio al centro de Berlín todo lo que pasaba en los partidos, pero la prensa alemana se volcó con lo que calificó como «el acontecimiento deportivo del año».

La banda de la Marina Alemana fue la encargada de recibir a los dos equipos poco antes de las cuatro de la tarde. En un escenario creado para exhibir la simbología del Eje y su ‘aliado’ español, la bandera rojigualda se izó en el centro escoltada por la alemana con la esvástica y la italiana. El himno español fue el primero en sonar y, como el alemán, fue escuchado con todo el estadio haciendo el saludo romano. Antes de arrancar el partido, el ‘Heil Hitler’ atronó en el Olímpico.


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El lado español era fácil de identificar gracias a las banderas españolas, los distintivos de la División Azul y del Movimiento. Su momento de gloria llegó cuando a los 76 minutos el árbitro sancionó como penalti un derribo de Jahn, meta alemán, sobre Emilín a pesar de que la pelota entraba. Campos marcó para igualar el 1-0 logrado por Decker a los 58 minutos.

El empate dejó a todos contentos. Alemania porque a pesar de la guerra, su seleccionador, Sepp Herberger, había podido reunir a casi todos sus jugadores a pesar de que buena parte estaba en el frente. España porque en la que era su primera cita fuera de la península Ibérica después de la Guerra Civil había dado la talla, cosa que no pasaría una semana después cuando fue destrozada por Italia en San Siro (4-0).

Al día siguiente, los jugadores españoles fueron recibidos en el Ayuntamiento de Berlín en presencia de Hans von Tschammer und Osten, el oficial de las SA que ostentaba la Jefatura de Deportes del Reich y que cerró los actos del amistoso con un telegrama a su colega español, el General Moscardó, Delegado Nacional de Deportes y presidente del COE: «Lo vivido ha estrechado la hermosa y fiel amistad entre los dos pueblos que se hallan unidos en el combate contra el enemigo mundial en los campos de batalla de Rusia».

Fue el epílogo a un partido de fútbol utilizado para que Madrid y Berlín homenajearan a los miembros de esa División Azul de la que según se acercaba la derrota alemana Franco no quiso saber nada. Era consciente de que en muchos de sus miembros eran falangistas que se sentían traicionados por el camino tomado desde el final de la Guerra Civil y el hecho de no haberse comprometido abiertamente con Alemania en la guerra mundial. Y, también, de que no habían sido pocos los soldados de la República que se alistaron en la División Azul para escapar de España e intentar pasarse al enemigo al llegar al Frente Oriental.

Ficha del partido:

 12.4.1942           Berlín, Estadio Olímpico

 Árbitro: Rinaldo Barlassina (Italia).

 Espectadores: 80.000 (Cifra oficial, más de 100.000 según la prensa de la época). 

 Alemania: 

H. Jahn, Janes, Miller, Kitzinger,
 H. Rohde,
 Sing, F. Dörfel, Ka. Decker, Conen, Fritz Walter y Durek.

 España: 

Martorell, Teruel, Ramón,
 Gabilondo, Germán, Mateo, Epi, Alonso, Mundo, Campos,
 Emilín.


 Goles: 1-0 Ka. Decker (58’)
 1-1 Campos  (76’, de penalti).



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