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viernes, 30 de diciembre de 2011

191.- Carta de TOMÁS MORO escrita en la cárcel a su hija Margarita




Carta de Tomás Moro escrita en la cárcel 
a su hija Margarita

Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

Oración

Señor, tú has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.




SANTO TOMÁS MORO
Mártir
(Año 1535)


SU VIDA
Este es uno de los dos grandes mártires de la Iglesia de Inglaterra, cuando un rey impuro quiso acabar con la Religión Católica y ellos se opusieron. El otro es San Juan Fisher (20 de junio). Tomás significa: "el gemelo". Y en verdad que fue un verdadero gemelo en santidad y en cualidades con su compañero de martirio, San Juan Fisher.

Nació Tomás Moro en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.

Su padre que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba después: "Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y en la biblioteca estudiando". Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.

A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: "Es un intelectual muy brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable simpatía".

Le llegaron dudas acerca de cuál era la vocación para la cual Dios lo tenía destinado. Al principio se fue a vivir con los cartujos (esos monjes que nunca hablan, ni comen carne, y rezan mucho de día y de noche) pero después de 4 años se dio cuenta de que no había nacido para esa heroica vocación. También intentó irse de franciscano, pero resultó que tampoco era ese su camino. Entonces se dispuso optar por la vocación del matrimonio. Se casó, tuvo cuatro hijos y fue un excelente esposo y un cariñosísimo papá. Su vocación estaba un poco más allá: su vocación era actuar en el gobierno y escribir libros.

Para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor. Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena.

Tomás Moro escribió bastantes libros. Muchos de ellos contra los protestantes, pero el más famoso es el que se llama Utopía. Esta es una palabra que significa: "Lo que no existe" (U=no. Topos: lugar. Lo que no tiene lugar). En ese libro describe una nación que en realidad no existe pero que debería existir. En su escrito ataca fuertemente las injusticias que cometen los ricos y los altos del gobierno con los pobres y los desprotegidos y va describiendo cómo debería ser una nación ideal. Esta obra lo hizo muy conocido en toda Europa.

El joven abogado Tomás Moro fue aceptado como profesor de uno de los más prestigiosos colegios de Londres. Luego fue elegido como secretario del alcalde de la capital. En 1529 fue nombrado Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Pero este altísimo cargo no cambió en nada su sencillez. Siguió asistiendo a Misa cada día, confesándose con frecuencia y comulgando. Tratable y amable con todos. Alguien llegó a afirmar: "Parece que lo hubieran elegido Canciller, solamente para poder favorecer más a los pobres y desamparados". Otro añadía: "El rey no pudo encontrar otro mejor consejero que este". Pero Tomás, que conocía bien cómo era Enrique VIII, declaraba con su fino humor: "El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato".

Ya llevaba dos años como Canciller cuando sucedió en Inglaterra un hecho terrible contra la religión católica. El impúdico rey Enrique VIII se divorció de su legítima esposa y se fue a vivir con la concubina Ana Bolena. Y como el Sumo Pontífice no aceptó este divorcio, el rey se declaró Jefe Supremo de la religión de la nación, y declaró la persecución contra todo el que no aceptara su divorcio o no lo aceptara a él como reemplazo del Papa en Roma. Muchos católicos tendrían que morir por oponerse a todo esto.

Tomás Moro no aceptó ninguno de los terribilísimos errores del malvado rey: ni el divorcio ni el que tratara de reemplazar al Sumo Pontífice. Entonces fue destituido de su alto puesto, le confiscaron sus bienes y el rey lo mandó encerrar como prisionero de la espantosa Torre de Londres. Santo Tomás y San Juan Fisher fueron los dos principales de todos los altos funcionarios de la capital que se negaron a aceptar tan grandes infamias del monarca. Y ambos fueron llevados a la torre fatídica. Allí estuvo Tomás encerrado durante 15 meses.

Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió este gran sabio a su hija Margarita que estaba muy desconsolada por la prisión de su padre. En ellas le dice: "Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así".

El día en que Margarita fue a visitar por última vez a su padre, vieron los dos salir hacia el sitio del martirio a cuatro monjes cartujos que no habían querido aceptar los errores de Enrique VIII. Tomás dijo a Margarita: "Mire cómo van de contentos a ofrecer su vida por Jesucristo. Ojalá también a mí me conceda Dios el valor suficiente para ofrecer mi vida por su santa religión".

Tomás fue llamado a un último consejo de guerra. Le pidieron que aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: "Tengo que obedecer a lo que mi conciencia me manda, y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey". Se le dictó entonces sentencia de muerte. El se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser encerrado en la Torre de Londres.

En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo al salir al corredor frío: "por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un resfriado sí no me quiero conseguir". Al llegar al sitio donde lo iban a matar rezó despacio el Salmo 51: "Misericordia Señor por tu bondad". Luego prometió que rogaría por el rey y sus demás perseguidores, y declaró públicamente que moría por ser fiel a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego enseguida de un hachazo le cortaron la cabeza.

Tomás Moro fue declarado santo por el Papa en 1935. Un sabio decía:

"Este hombre, aunque no hubiera sido mártir,
bien merecía que lo canonizaran, porque su vida fue
un admirable ejemplo de lo que debe ser el
comportamiento de un servidor público:
un buen cristiano y un excelente ciudadano".


190.- Carta de Erasmo de Rotterdam a Tomas Moro


Carta de Erasmo de Rotterdam a Tomas Moro



A manera de prólogo

En mi pasado viaje que realicé de Italia a Inglaterra, no quise perder tiempo en conversaciones superficiales y de poco valor. Fue mi deseo permitir a mi pensamiento el reflexionar sobre nuestros intereses comunes, y así, disfrutar del recuerdo de los sabios y amables amigos que había dejado en la Isla. Y entre ellos, mi querido Moro, tú ocupabas el primer lugar; ya que tu recuerdo ha quedado en mi marcado, igual o más que cuando gozaba de tu compañía. Y te puedo jurar que nada me gusta más que una amistad como la tuya.

Sin embargo, me di cuenta de que algo tenía que hacer, aunque las condiciones no fuesen las idóneas para una seria reflexión.

Fue entonces que busque distraerme intentando el Encomio de la estupidez (En sí, aunque este trabajo ha pasado a la historia con el título de Elogio a la locura, lo correcto sería utilizar este título de Encomio de la estupidez. Anotación de Chantal López y Omar Cortés).

Tal vez me preguntes: ¿qué diosa te metió en la cabeza tal idea?
Pues bien, te diré, al igual que tu apellido Moro, pareciese estar ligado al vocablo griego moría, en realidad estás lejísimos de su significado. Así, me pareció que un juego de palabras te caería bien, puesto que, si no me equivoco, te agrada ese tipo de humor en que está presente el talento y la sutileza.

Tampoco me has de negar que en las cosas de la vida diaria te agrada emparentarte a Demócrito. Tu original y perspicaz ingenio te aleja de lo común. Sin embargo, tus finos y cordiales modales tienen la extraña habilidad de facilitarte la amistad de todos los hombres y divertirte con ellos.

Por lo tanto, no puedo dudar el que recibirás con alegría este pequeño escrito, con agrado. De igual manera, tampoco dudo que estarás dispuesto a defenderlo. Te lo dedico; es tuyo, y no mío. Y ello aunque estoy seguro que no faltarán los criticones que se apresurarán a reprobarlo. Habrá quien diga que mis pequeñeces son bastante superficiales para un teólogo. Otros, de seguro, juzgarán que el sarcasmo se apiada poco del decoro cristiano, y gritarán que estamos resucitando la Comedia Antigua o a Luciano, y que, por ende, nos burlamos y ofendemos todas las cosas.

Sin embargo, y es bueno tenerlo en cuenta, aquellos que se sientan ofendidos por la superficialidad y la burla que digan percibir, bueno sera que piensen que yo no soy el creador de este género; antes, pero mucho antes que yo, igual hicieron famosos autores en el pasado. Hace mucho tiempo que Homero se carcajeó, en la Batracomiornaquia; Virgilio en su Mosquito y la Salsa de Ajo; Ovidio en La nuez. Se tiene conocimiento que Polícrates realizó el elogio del tirano Busiris, haciendo lo mismo su crítico Isócrates; Glauco engrandeció la injusticia; Favorino levantó por los cielos a Tersites y a las fiebres cuartanas. Sinesio hizo múltiples alabos de la calvicie y Luciano de las moscas y de los parásitos. Séneca llegó al extremo de burlarse del emperador Claudio en la Apoteosis, y lo mismo hizo Plutarco en su diálogo con Grilo y Ulises. Luciano y Apuleyo escribieron de manera burlona sobre el burro. Y también hubo quien, de cuyo nombre no me acuerdo, nos transmitio la última voluntad y testamento del cochinito Grunnius Corocoa. Esto último lo señalo basándome en lo dicho por San Jerónimo.

Asi, si les parece que me he divertido jugando a las damas, o cabalgando en mi escoba, me da lo mismo. ¿No es obviamente más injusto dejar que cada uno se divierta como quiera y se critique a los estudiosos, sobre todo, cuando la burla puede llevar a algo serio? ¿Acaso no pueden permitir las bromas que cualquier lector que no sea tonto aproveche los argumentos oscuros y caprichosos de personas que conocemos? Tal cosa sucede con quienes no dejan de proclamar pomposamente las excelencias de la retórica o de la filosofia, o del que defiende a un príncipe, y del que hace apología de la guerra contra el turco.

También, hay quienes adivinan el futuro, o bien se enroscan en una serie de disparatadas discusiones partiendo la lana de las cabras.

Ciertamente no hay nada más superficial que tratar las cosas serias en broma; pero, de igual manera, nada es más divertido que tratar los temas superficiales y banales de manera que parezca que no lo son. La gente puede, opinar lo que quiera. Sin embargo, si mi amor propio no me engaña, mi elogio de la tontería no ha sido tan vano.
Ahora pasaré ha contestar acerca de la ironía que se me atribuye. Yo afirmo que el ingenio siempre ha disfrutado de libertad para entrometerse con la vida de los hombres; claro está, siempre que se mantenga dentro de límites razonables. Por lo tanto, realmente me sorprende la hipersensibilidad de algunos hombres, a quienes ofende todo lo que no sean alabanzas. También se da el caso de gente con un sentido religioso tan viciado que soportan más las blasfemias contra Cristo que el más ligero chiste sobre el Papa o el príncipe, sobre todo si, por tal chiste, creen amenazado su pan de cada día. Entonces yo pregunto: criticar la vida de los hombres ¿es un sarcasmo o más bien advertencia o consejo? ¿No practico yo la autocrítica sobre mis muchas faltas? Por tanto, cuando no se excluye a ningún hombre, es claro que se censuran todos los vicios y no los de un solo individuo. Quien se ofende por haber sido criticado, está evidenciando su culpabilidad, o, por lo menos, sus temores. Es en este sentido que San Jerónimo se manifestó con más libertad y sarcasmo, incluso a veces mencionando nombres. En cambio, yo he buscado evitar el citar nombres, aplacando mi pluma de tal modo que cualquier lector perspicaz puede advertir que mi propósito es más bien agradar que ofender. En ningún momento me he propuesto imitar el ejemplo de Juvenal, que se complace en revolver la oculta cloaca de los vicios; más bien he tratado de mostrar los aspectos risibles que los reprochables. Si alguien no acepta estas razones, que sepa que es un honor ser criticado por la estupidez. Así, si la hemos dejado hablar, había que darle la oportunidad de hacerlo con prudencia. Pero ¿para qué digo esto a un abogado tan destacado como tú, que podría defender perfectamente las causas no tan nobles?

Adiós, distinguidísimo Moro, y defiende tu Estupidez con pasión.

En el campo, 9 de junio de 1508.