sábado, 10 de marzo de 2012

337.- El artista en la cultura del video





El artista en la cultura del video

Amaya Escalera



Con todas las críticas que se le puedan hacer al video, de las que luego hablaré ¿no brinda a los artistas ocasión inigualable para expresarse en movimiento sonido y tiempo? Al arte toca quitarse los grilletes del silencio y hacer conmoción con su palabra. Escudriñar en los recursos de la vida actual, exprimirlos hasta hacerlos chillar, que queden exiguos.
No puedo ver el conjunto de posibilidades que ofrece una videocámara más que como una gran oportunidad para la creatividad. Qué más que adaptarnos a nuestra época y hacer uso intenso de todo lo que esta ofrece.
En el arte no hay otro confín que el del artista. A pesar de los límites reales, la creación es un acto sin término, es la necesidad insaciable de trasmutar en objeto: la sensación, la inconformidad, la desazón, la alegría, la falta. En esta contienda, la tecnología es nuestro complemento, el apéndice cómplice de nuestro devenir y trascender.
En todas las definiciones de la palabra tecnología o técnica se destaca que “es una habilidad que sigue ciertas reglas”. Si es así, el término hace mención a casi cualquier actividad humana.


Jean Pierre Khazem

Cuando hacemos video, no solo utilizamos la cámara… sino muchas otras cosas de origen tecnológico. El sonido, la luz, tripiés, pantallas, sillas, mesas, telas y la palabra ¿no usamos para todo la palabra? esa que nos antecede, incluso, desde antes de haber nacido; ¿la lengua, no sigue las reglas del lenguaje? Desde antes de nacer tenemos un nombre o la noción del hijo que nuestros padres quieren de nosotros. Sí…la tecnología nos antecede.
El uso de la tecnología parte de una necesidad propiamente humana; el hombre, desde que lo es, la utiliza para someter a la naturaleza y adaptarla a sus necesidades, de tal manera que la tecnología se ha convertido en una suerte de prótesis, un nuevo órgano (de ciencia ficción, le llama Barthes).
A la vez, la tecnología nos fuerza a negociar nuestro ser, a convenir con ella nuestra existencia. Lo técnico es determinación, destino; orienta nuestro devenir; es expresión objetivada del espíritu, corresponde a nuestra época y la configura, en comunión con la ciencia nos convierte en especie del saber.
“Lo técnico es el dominio del hacer, a través del que la mano del hombre realiza en el mundo al pensamiento” (Dore Ashton, “Rilke en busca de los confines”, en Una fábula del arte moderno. Fondo de Cultura Turner 1991).
Es también la posibilidad de liberación del ser humano, y por ende, del artista. El espíritu creador no puede permitirse desdeñar la oportunidad existente de expresarse a través de un nuevo lenguaje; el del arte es un acontecer del sentido y la significación; en su devenir, la técnica se humaniza, se convierte en un producir y no un medio para un fin.
La tecnología conforma un sistema a base de partes; de la fragmentación sumada arma el lenguaje de la globalidad y ésta dispone el destino de sus fragmentos. Cada parte no sólo arroja su forma alimentando el total al que pertenece, sino que de éste recibe, simultáneamente, su instrucción, su estructura. Pero lo técnico configura un sistema inestable, incierto y de búsqueda; es incertidumbre, evolución y crecimiento, que, como la naturaleza, lucha permanentemente por el equilibrio.
En el arte, las partes que integran la globalidad se expresan en formas. El espíritu artístico de la época en la que se encuentra el mundo, se manifiesta en formas. La forma es resultado de la integración de las partes--- deriva del pensamiento al sentido, del abstracto a la productividad significante, al acto substancial. La forma no sólo es resultado de una ecuación rescatada del sumatorio infinito de todas las partes, sino manifestación de la algarabía atronadora de un momento epocal del espíritu. Espíritu del momento que en toda su complejidad se manifiesta a través de la ubicuidad desgarrada e irresoluble de un alma individual (Roland Barthes, “La escritura del suceso”, en Susurros del lenguaje, Madrid, Paidós).
La tecnología ha influenciado el hacer y el pensar del arte, y éste, a su vez, a la tecnología, pero no todo desarrollo técnico da lugar a una forma artística. En cambio, toda forma artística nace irreversiblemente ligada a un desarrollo de lo técnico… (R. Barthes).
La forma artística nueva surge cuando tal desarrollo técnico determina en el mundo transformaciones profundas que afectan la forma en que los sujetos experimentan su propio existir; dicho de otra manera, cuando la tecnología que preexiste es insuficiente para someter a la realidad y realizar la necesidad expresiva del creador.
El proceso de aparición de nuevas formas artísticas que hacen uso de nuevos recursos tecnológicos es, necesariamente, lento.La video cámara existe en el mercado desde la década de los sesentas del siglo pasado, y es momento de explotarla de manera intensiva.
No podemos dejar de mencionar el papel que ha jugado la evolución de los sistemas digitales, que ha multiplicado substancialmente las posibilidades expresivas del video. La computadora no sólo permite artimañas virtuales asombrosas, sino que democratiza al video haciendo más extensiva su producción y su difusión.
La constelación de todos los hallazgos técnicos vibra por surgir en el video como en ningún otro lugar; es la forma artística propia de nuestro tiempo en la que las cosas devienen formas; es la oportunidad de que el “instante en que todos los sentimientos y todas las vivencias, situadas más acá y más allá de la forma, obtengan una en la que decirse y condensarse”. El “instante místico de la unión de lo interno y lo externo, del alma y la forma” (Dore Ashton).
El video artístico enfrenta, al igual que el cine y la televisión, una dificultad: la de lograr, sin transición del tiempo, transmitir al espectador su mensaje. Tradicionalmente la plástica, el orden visual de lo plástico, se desarrolla en el tiempo durante su realización, pero al espectador llega como identidad, como inmóvil mismidad. Así -- haciendo énfasis en la idea-- un pintor o un escultor, imprime el registro de rasgos, trazos, raspones; en el transcurrir de las horas de trabajo deja en la obra huella de los avatares de su vida, sus estados de ánimo, sus errores, pero todo se concita en un solo espacio plástico; la trayectoria temporal de la obra ocurre antes de su llegada al espectador.
Para el que la mira, la obra está condensada, es el resultado resumido del tiempo, su visualización requiere sólo de un momento, o de muchos, pero depende ahora del espectador el tiempo que quiera invertir en mirarla; de sí, su impacto puede ser instantáneo. Por el contrario, el video se da como duración, como algo que en su transitar se diferencia de sí, sancionando la absoluta estaticidad del dominio de la representación (R. Barthes) es decir,no logra expresar más que con el transcurrir del tiempo su contenido; esto hace que exija del espectador su permanencia.


Fotografia
Gerald Van Der Kaap

El video, el cine, la televisión, marcan el tiempo que transita en el espectador. Pero un observador no avezado todavía espera del objeto artístico estaticidad, inmovilidad, instantaneidad definitiva—quizás eterna (R. Barthes). Probablemente éste sea el motivo por el cual el videoespectador sólo ocupa unos segundos para mirar lo que ocurre en una pantalla.
Pareciera, entonces, que para acceder al espectador actual, el buen video debe contemplar la necesidad de vencer su tedio, asegurándose de que mirarlo un instante o un tiempo eterno, revela lo mismo. ¿Habría que hacer comparecer una imagen en movimiento, hacer aflorar el tiempo imagen? (R. Barthes).
No hay por qué sorprendernos, históricamente toda nueva forma artística ha implicado la lucha incansable del artista por hacerse entender. De siempre la expresión artística -- que de sí irrumpe en lo estatuido--, es difícilmente aceptada en sus inicios.
Si hacemos memoria, hay otras expresiones artísticas que requieren de la presencia prolongada del espectador y son aceptadas por la sociedad, una de ellas, muy conocida, es la música, que también debe ser transitada en el tiempo para poder ser concluida
El video, además, enfrenta otra dificultad, llegar a diferenciarse realmente de otras aproximaciones artísticas de las que actualmente es subsidiario: la performance, la instalación, la expresión lingüística del cine, la música, etc.
Pero el video es una nueva forma artística, expresión propia de nuestro tiempo acelerado. Me pregunto si será que hay que medirla con reglas añejas, devotas admiradoras de otras aproximaciones. Por ser subsidiario de otras vertientes de trabajo humano, el video no pierde la posibilidad de expresarse en un lenguaje específico. En la conjunción de lo que el video utiliza, ocurre un resultado que lo distingue de todas las demás expresiones artísticas. Nadie que vea un video lo confunde con una película, ni mucho menos con un cuadro. El video, aunque utiliza partes ajenas, resulta en él mismo.
Habría que mencionar también su profusión, su permanencia, la posibilidad real que tiene el video de ser visto. El video se mira en ambientes expositivos. Se le puede ver una vez, o dos, o diez en el mejor de los casos, pero no más. En este sentido puede decirse que el video es una expresión artística con rasgos de efímero. Su significación debe acceder e impactar al espectador de manera contundente. Si es bueno, seguramente dejará una señal, una huella indeleble en el que lo mira.
Pero no es la excepción, mucho de lo que crea el artista contemporáneo está destinado a un solo evento, o a desaparecer en poco tiempo. Por ejemplo: el arte expuesto en ciudades, planeado por el artista sólo con esa intención, desaparece, a lo mejor no como objeto, pero sí como circunstancia. La performance no puede ser repetida de manera infinita, y aunque se repitiera, no sería idéntica a sí misma; como estos ejemplos hay muchos otros.
Una buena parte de la expresión artística actual se encuentra imbricada en una paradoja, la de estar desde su gestación destinada a desaparecer, cuando fue producida con el afán de no morir.
Entre los deseos ocultos del artista está el de que su obra trascienda la muerte, su muerte. Esto quiere decir que el artista debe acceder a la muerte conservando el deseo.
Al respecto Rilke escribe: Estamos ante un choque de intereses contrapuestos, que se gesta en nuestro propio espíritu, realizarnos a través del objeto perenne, destinado a la intrascendencia. ---Lo convincente es hacernos “cosa”, la realidad que, gracias a su propia vivencia del objeto, llega a la indestructibilidad--- (Dore Ashton).

Al realizar la obra, el artista piensa en la posteridad; como la muerte lo apremia, responde con creación, y tiene la esperanza de que el tiempo acabará por mostrar, con absoluta claridad, las razones últimas de su obra, su significado más profundo.
Es por el límite que impone la muerte que el artista se arriesga a vivir. A transformar su angustia en obra. Sólo los desesperados crean, los desesperados por vivir. Los que saben que la muerte acecha se manifiestan en un acto creador; sólo ellos pueden sentir pasión. Vivir es un acto creador, terrible pero bello. No podríamos vivir si no muriéramos, no viven los que no pueden morir
Con su expresión, el artista produce un tiempo nuevo, subvierte el orden de la muerte. La creación es transmutación de la muerte, tiene un carácter subversivo, caótico (Helí Morales Ascencio, Sujeto y estructura. Ediciones de la Noche).
Vivir es “terriblemente bello” porque implica tener carencias, ser arrojado al deseo y al riesgo de morir; pero, gracias a su deseo, el artista arremete contra la dificultad, el gusto por la dificultad es la belleza del deseo del sujeto. Dicho de otro modo La belleza es el brillo de la pasión del sujeto (H. Morales Ascencio).
En estos tiempos donde la dificultad es cotidianeidad, el deseo puede ser la belleza del acto; el que transforma lo oscuro y simple en belleza. Sin negar el mal, la estética empuja a trasmutar las dificultades en un acto sublime; a la destrucción en obra bella; y a la tragedia de la vida en una poesía casi transmisible. El gusto por el escollo es el ornamento de la perseverancia de crear. Ante el derrumbamiento del mundo y del tiempo, existe la pasión del deseo, la creación que consuela y acaricia.
El artista, como cualquier ser humano, siempre deseante, incompleto y en falta, refleja en su producción estética su incompletud; el arte es un acto mal logrado, imperfecto y defectuoso, incluye el error, es una estética barrada; no es expresión de la belleza, ni de la forma, sino de la pasión. A la pasión no le pertenecen las formas perfectas, ni preciosas, a la pasión del deseo le pertenece la forma con consecuencias, el deseo que en acto llevado al objeto…habla.
La belleza no existe, es un mito humano. Existe la belleza del deseo; el gusto por la dificultad es la belleza del deseo del artista. La creación es belleza del deseo del artista, amante de lo visible y de su transformación. He ahí su necesidad de utilizar como medio expresivo el video, he ahí experiencias psicológicas de percepción espacial, abismos, infinitos, espacios oníricos, ambigüedad y vacíos. Todo, reflejo de necesidades profundas. El video es la apertura de nuevas vías para entender y expresar el espacio, el tiempo y su sonido. Abre un mundo ilimitado de posibilidades en movimiento abismal.
El video es una oportunidad más a la diversidad del arte, no sólo en formas, sino en corrientes, intereses y conceptos; es en la diferencia donde se construye su riqueza cultural y artística. La estética no se puede fundamentar en la universalidad, ni la creatividad puede someterse a leyes universales, por el contrario, sólo ocurre en la diferencia, la desigualdad la significa y sumerge al artista en la paradoja de trabajar en el aislamiento.
El artista que se somete a lo universal no produce arte. Debe irrumpir en lo estatuido para remitirse al deseo, su deseo. Organizar una revuelta interna contra sí, oponiéndose al ser social que lo habita, a la persona que ha devenido en ser.
El arte involucra una ética, la de la rebeldía. La historia de un artista son las veces que ha realizado una nueva obra. Las veces que hubo voluntad de recuperación después de la lucha; la “historia de un sujeto son las veces que del naufragio surge un nuevo tiempo, son las veces que ha armado la guerra y de lo que ha construido ( H. Morales Ascencio).
El reto es crear y saber que no es posible construir algo nuevo sin destruir algo de lo viejo. El progreso comanda la historia del arte.
Echando mano de la tecnología del momento, el artista se vuelve sublimador experto de su circunstancia, educa su expresión, la actualiza. Su acto es la expresión de un síntoma imbricado en su época, allí no hay certidumbre, no hay bien ni mal. No existe relación entre el saber y la verdad. Las nuevas formas del arte se sublevan contra lo permitido. La creación súbdita de lo prescrito, pierde su esencia y muere en los avatares de la historia. El derecho a la expresión no puede extirparse sin perder la condición humana.
La trasgresión es condición necesaria del arte; convoca al conocimiento irrestricto, incita a la lucha, a la inconformidad que se ejerce contra los textos del deber. El artista construye en el límite de lo estatuido, a punto de despeñarse.
El arte se instaura en el saber de que, impuesta desde fuera, la prohibición es la clave de la actitud humana. Dando alaridos de inconformidad, descarga la tensión que produce la contradicción de estar vivo y de pertenecer al ámbito social. Busca la concientización, y
con ella la modificación real del mundo, y transita estableciendo nuevos códigos, no sólo estéticos, sino también éticos.
A pesar de los avances tecnológicos de la modernidad, la expresión artística vive presa, detenida por los barrotes de la imposibilidad, pero justo detrás de los barrotes se encuentra el tesoro. Mas allá, en el silencio, se retuerce lo que el artista no puede expresar. Pero el silencio es el umbral de la creación, es la antesala del intento. Y en ese silencio el artista reconoce la muerte y trabaja para conservar su presencia, aun en ausencia de su carne, con el arte quizá se sobrelleve mejor el futuro de la carne en pudrición (H. Morales Ascencio).
El artista es un enfermo de silencio y el arte es el recurso para convocar “ese aullido sin palabras”. Se trata de encontrar una vía de salida al mutismo de la carne, y lo que queda, empujando el propósito, es justamente lo que no se logra decir (H. Morales Ascencio).
El acto humano que insiste en el cambio, involucra creación, la creación que es ruptura; en tanto que el acto creador produce una innovación, introduce el desorden. Crear es desordenar y desobedecer, es retar al Creador, es transformar lo que él hizo.

Ante el vacío surge la creación, ante la nada, la muerte; surge el acto creador, y con él, la voluntad de insistir, la valentía de volver a empezar.

http://www.vinculoinformativo.com.mx/cl/ciclo49junio2006/elartista.html

336.- Los muertos de Stalin




Los muertos de Stalin


El pasado mes de junio en España se presentó el libro Comunistas contra Stalin: la masacre de una generación (Editorial Sepha, Málaga 2008) de Pierre Broué, director del Instituto León Trotsky, de Francia. Se trata de un acontecimiento importante no solamente para los militantes de esta corriente marxista que, aunque muchos no lo crean, subsiste y continúa sus debates teniendo como telón de fondo una de las más definitivas derrotas a sus expectativas de liberación de la explotación del sistema de clases. Con motivo de la aparición de su estudio, Broué ha dado varias entrevistas para explicar lo que fue la oposición de izquierda que encabezó León Trotsky (que este mes cumple 68 años de haber sido asesinado en México) ante el ascenso de Stalin, en la Unión Soviética. El objetivo de esta oposición era “convencer y ganar al corazón, al núcleo obrero del partido bolchevique. Para impedir esto hacía falta matarlos a todos (como diría Bujarin). Y Stalin los mató a todos”. Este “todos”, sin embargo, no era muy preciso. Para establecerlo, en 1989 el Instituto de Historia de la Academia de Ciencias Rusa, cumpliendo una directiva del politburó de Mijail Gorbachov, encargó al historiador Víctor Zemskov, aclarar las dimensiones reales de la represión estalinista.


Fotografia
Samari Gurari / 1946
José Stalin acompañado de Mikolan, Jruschov,
Malenkov, Beria y Mólotov en el Kremlin.

Así, Zemskov tuvo acceso por primera vez a uno de los sectores más secretos de los archivos del Ministerio del Interior (Mvd-Mgb) y de la policía de Estado (OGPU-KKDV) de Stalin. Allí se encontró con una documentación pormenorizada y exhaustiva de la máquina represora de Stalin: el GULAG, las cárceles, la estadística de fusilados, deportados, etc. Broué describe cómo en la primavera de 1938 todos los trotskistas que habían sobrevivido a las anteriores matanzas fueron ametrallados en contingentes cotidianos luego de ser obligados a cavar nuevas tumbas para los próximos fusilamientos.
Es adecuado preguntar qué es lo que hizo fuerte a Stalin, sobre qué clase social estaba sustentado para llevar a cabo sus atrocidades. Este dato de Broué nos lo indica: “Baste recordar que el número de funcionarios, que ascendía a 800.000 en 1913 con el régimen zarista, pasó a 7.300.000 en tiempos de la Nueva Política Económica (NEP), instaurada en 1921; y aún quedan por sumar los funcionarios del Partido, sindicatos y cooperativas”.
Los trotskistas empezaron a hablar de un “Estado obrero degenerado”. Sin embargo, la catástrofe estaba más que anunciada por el mismo Trotsky y la célebre comunista alemana, Rosa Luxemburgo. El primero había escrito en 1904 estas líneas proféticas: “La organización del partido sustituye al partido, el Comité Central sustituye a la organización y, por último, el secretario general sustituye al Comité Central”. A su vez Rosa Luxemburgo, asesinada en Berlín en 1919, un año antes, en la prisión de Breslau, escribió La revolución rusa, folleto en el que saludó entusiasmada la conquista del poder por los bolcheviques, pero hizo unas críticas de su política en varios aspectos básicos. En uno de sus párrafos señaló: “Unas docenas de jefes del Partido, de inagotable energía y de un idealismo ilimitado, dirigen y gobiernan. Entre ellos, la dirección se halla en realidad en manos de una minoría de hombres de cerebro eminente, que de vez en cuando convocan a una élite de la clase obrera para reunirse y aplaudir los discursos de los jefes y votar por unanimidad las resoluciones que se les presenta. Es, pues, en el fondo, un gobierno de camarilla, una dictadura, es cierto, mas no la dictadura del proletariado...”.

La aparición del libro de Broué es oportunidad para presentar la primera entrevista que el historiador Zemskov concedió a una publicación occidental, La Vanguardiay cuyo testimonio ilustra uno de los grandes dramas del siglo XX. A la luz de esta cadena de tragedias, destaca la opinión de Zemskov: “Cuando H. G. Wells vino a Rusia en 1920, contempló un salvajismo total; se desmontaban las vías férreas, no había electricidad y todo se hundía, la gente moría de frío y hambre. Y antes de eso, aunque Rusia era periferia europea, había sido un país civilizado. Es decir, que cuanto más civilizado es un país, tanto menos deseable es la revolución, por las terribles consecuencias que ésta tiene”.


¿Existen cifras exactas sobre la represión estalinista?
- El criterio “represión” puede interpretarse de diferentes formas. Yo me limito a la “represión política”, es decir a los incriminados según el artículo 58 del código penal (“actividad contrarrevolucionaria y otros crímenes graves contra el estado”), que fueron condenados a muerte o a otras penas. Entre 1921 y 1953, pertenecen a este grupo unos 4 millones de personas. De ellos, cerca de 800.000 fueron condenados a fusilamiento. Además, suponemos que alrededor de 600.000 murieron en presidio, por lo que las muertes políticas fueron 1,4 millones.
- ¿Incluye esta cifra de 4 millones a los “kulaks” (campesinos acomodados), los pueblos deportados, etc?
- Los “kulaks” se dividían en tres categorías. Una es la de los detenidos y juzgados como delincuentes políticos. Estos sí que entran en nuestra estadística. Otra es la de los apresados y enviados a regiones del norte, y otra la de aquellos que simplemente eran expulsados de los pueblos y se buscaban la vida en las fábricas. Los dos últimos grupos, los más numerosos, no entran en nuestra estadística, de manera que entre los 4 millones el grupo de los “kulaks” es pequeño.
- ¿Por qué no los incluyen? ¿Acaso el destierro al Norte y la deportación no son represión?
- Sí, pero no eran juzgados. Sólo se les deportaba y se les confiscaba sus propiedades. Hay motivo para un debate...
- ¿O sea que, si no está formalizado jurídicamente, todo eso no es represión?
- Es la única manera de distinguir a los represaliados políticos del sufrimiento general. Consideramos que a partir de 1918, cuando empieza la expropiación de los terratenientes, de los capitalistas, del clero, eran represaliados quienes eran detenidos por la VCHK (la policía de estado), aunque, incluso si no eran detenidos, todos estos grupos perdieron todas sus propiedades. Con los “kulaks” aplicamos el mismo criterio; los represaliados eran los detenidos, mientras que los deportados eran simplemente víctimas de las transformaciones socio-económicas, crueles e igualitaristas. Esa circunstancia puede aplicarse a la mayoría de la población de la URSS, pues, de una u otra forma, la gente sufrió; se pasaba hambre, se vivía mal, etc.
- Efectivamente, pero el concepto “represión” debe abrirse a otras víctimas de castigo terrorista, que frecuentemente sufrieron una enorme mortandad. Por ejemplo, los estudios más convincentes señalan que entre 1,1 y 1,2 millones de familias “kulaks” fueron destruidas en la colectivización, ¿cuántos miembros de ese colectivo de 5,5 a 6 millones de almas murieron?
- La cifra aún no se ha establecido. En la bibliografía se dan cifras absurdas de 6 a 10 millones de muertos, entre ellos de 3 a 7 millones en Ucrania. Pero gracias a la estadística demográfica sabemos que en 1932 en Ucrania nacieron 782.000 y murieron 668.000, mientras que en 1933 nacieron 359.000 y murieron 1,3 millones.
Estas cifras incluyen mortalidad natural, pero está claro que la primera causa de muerte esos años fue el hambre.
- Los nacionalistas ucranianos consideran eso un genocidio nacional contra ucranianos, ¿está de acuerdo?
- No, porque esa misma situación se dio entre la población del Cáucaso del Norte, la región del Volga y Kazajstán, donde hubo hambrunas. Había que cumplir el plan confiscando parte de la cosecha, pero como a causa de la sequía no se alcanzaba lo necesario, confiscaron toda la cosecha. El estado cometió un crimen contra todos los campesinos, independientemente de su nacionalidad.

- Catorce nacionalidades de la URSS fueron deportadas por completo y 48 parcialmente. Sólo entre las etnias del Cáucaso se deportó a 650.000 personas en tres operaciones militares, vigiladas por un ejército de 100.000 hombres, sin contar 19.000 soldados del NKVD. ¿Qué se sabe de esa mortandad?
- En la propia operación de deportación no fue muy elevada. En el caso de los tártaros de Crimea, por ejemplo, murieron dos o tres personas en cada convoy ferroviario, en general ancianos. En total 191 personas. Pero al llegar a su destino, en Uzbequistán, murieron por decenas de miles. En los primeros años de destierro la mortalidad superó con creces a la natalidad. Sobre los chechenos, no se sabe con exactitud, pero por el camino tampoco murieron mucho, en cambio en su destino, sí.
- ¿Por qué la franja temporal 1921-1953? ¿Acaso concluyó la represión después de 1953?
- Entre 1937 y 1953 la represión era mortífera. En su periodo más cruel, 1937-1938, fueron condenadas más de un millón trescientas mil personas de las que casi 700.000 fueron fusiladas. En 1951 fueron condenados casi 55.000, y en 1952, 29.000... Veamos ahora 1958, con Stalin ya muerto: los condenados fueron menos de 2000, entre ellos 69 personas a fusilamiento. Es decir, el volumen de la represión se redujo veinte veces en comparación con los primeros años cincuenta, y en centenares comparado con los años 30. A partir de Jrushov ya no hay una escala extraordinaria.
- ¿Qué le parecen las cifras sobre represión y mortandad en la URSS barajadas durante la guerra fría?


Fotografía
Abbas/ 1998

- De lo que se trataba era de desacreditar al adversario. La sovietología occidental afirmaba que 50 o 60 millones habían sido víctimas de la represión, la colectivización, el hambre, etc. En 1976 Solzhenitsyn dijo que entre 1917 y 1959 en la URSS habían muerto 110 millones de personas. Es difícil comentar estas tonterías. La realidad es que la población del país fue aumentando por encima del 1%, superando el crecimiento demográfico de Inglaterra o Francia. En 1926 la URSS tenía 147 millones de habitante, en 1937 162 millones, y en 1939 170,5 millones. Los censos son fiables, y sus cifras son incompatibles con matanzas de decenas de millones.
- ¿Cómo reaccionaron a sus cifras?
- Lev Razgón, un conocido literato, polemizó conmigo. Defendía que en 1939 había más de 9 millones de presos en los campos, cuando los archivos evidenciaban 2 millones. Se basaba en impresiones, pero tenía acceso a la televisión, donde a mí no me invitaban. Más tarde comprendieron que yo tenía razón y se callaron.
- ¿Y en Occidente?
- El líder era Robert Conquest, cuyas cifras de represaliados y muertos quintuplican la evidencia documental. En general, la reacción de los historiadores fue de reconocimiento. Hoy ya son mis cifras las que se barajan en las universidades.
- ¿Hasta qué punto son exactos los archivos del Gulag, del NKVD, etc., a los que usted accedió por primera vez gracias a Gorbachov?
- La estadística del Gulag es considerada por nuestros historiadores como una de las mejores.
- ¿O sea, que los dirigentes conocían exactamente las dimensiones de su represión y de sus fusilamientos?
- Sí. Informaban regularmente a Stalin. Un solo caso de un preso desaparecido en un naufragio o fugado, genera todo un dossier de documentos y correspondencia.
- ¿Se conoce algo sobre cómo argumentaba Stalin y su entorno estas matanzas y violencias?
- Creo que de lo que se trataba era de deshacerse de la gente que no cuadraba con el proyecto comunista de futuro, así como de aquellos que tenían un gran instinto de preservación, aunque formalmente no fueran culpables de nada. Era una medida preventiva. Mólotov le dijo una frase reveladora al periodista Felix Chuyev; “no esperábamos a que nos traicionaran, nosotros tomábamos la iniciativa y nos anticipábamos a ellos”.
- ¿Qué piensa como historiador? ¿Hasta qué punto es única la historia rusa desde el punto de vista de la gran mortandad política?
- Con respecto a la historia de Inglaterra del XVII, la Francia del XVIII y la Alemania del XIX, lo de Rusia es único en el sentido de que eso ocurrió en el siglo XX, cuando ya existía una economía compleja e integrada que se hundió con la revolución. Cuando H. G. Wells vino a Rusia en 1920, contempló un salvajismo total; se desmontaban las vías férreas, no había electricidad y todo se hundía, la gente moría de frío y hambre. Y antes de eso, aunque Rusia era periferia europea, había sido un país civilizado. Es decir, que cuanto más civilizado es un país, tanto menos deseable es la revolución, por las terribles consecuencias que ésta tiene.
- ¿Quiere decir que la modernidad, en lo que tiene de capacidad de matar, es lo que hace más temible a Stalin que a Gengis Kan?
- Sí.
- ¿Tiene algo que ver el comunismo, la ideología, con todo esto? ¿Hasta qué punto tiene sentido para alguien que cree en Dios estudiar las víctimas de la Iglesia Católica masacradas en nombre de Dios?
- Tiene sentido porque no se puede creer en Dios de una forma absoluta, sino concreta. Todos aquellos desgraciados que quemaban en la hoguera, morían por creer de una forma “torcida”, equivocada, diferente a la disciplina del Papa de Roma. ¿La ideología? Se construía una nueva sociedad y se necesitaba un hombre nuevo para el futuro comunista. Los que mataron en 1937 eran los irrecuperables. Se mataba a los superfluos.
- ¿Se puede acusar a Cristo por la inquisición, o a Marx por Stalin?
- Marx hizo su teoría para Europa, no para Rusia y menos aun para China. La represión no es posible en cualquier régimen comunista, sino sólo allí donde hay un fuerte y cruel despotismo, como en la Rusia de Stalin o en la China de Mao. Una represión como aquella ya no fue posible con Jrushov, Brezhnev o Deng Xiao Ping.
- ¿Qué pensó al entrar por primera vez en los archivos secretos del Gulag y constatar que las cifras de la represión eran mucho mas bajas de lo que todos creían y decían?

- Al principio me asombré. Luego comprendí rápidamente que en Occidente se habían engañado mucho al respecto, pese a lo cual, todas las conclusiones acerca del carácter terrorista del régimen, por la represión a la que sometió a la gente, mantenían toda su vigencia. Sobre todo para que nada de eso vuelva a repetirse.
http://www.vinculoinformativo.com.mx/cl/ciclo75agosto2008/losmuertos.html

335.- Las mujeres de Man Ray





Las mujeres de Man Ray

El arte de la biografía

Valerio Dehò



Man Ray, sinónimo de alegría, juego y gozo
Marcel Duchamp

No hay seguridad sobre su orígen, o el nombre exacto que le fue dado al nacer. Man Ray vino al mundo el 27 de agosto de 1890 en Filadelfia, Estados Unidos, y posiblemente fue llamado Emmanuel. Sus padres fueron Max y Minnie Radnitzky. Siete años más tarde su familia se trasladó a Brooklyn, donde asistió a varias escuelas y a clases de diseño industrial. Pocos años después, en 1911, dejó Brooklyn y fue lanzado a la escena artística; frecuentó la galería de Alfred Stieglitz, “291”, y empezó a asociarse con los artistas de vanguardia en Nueva York; de este modo entró en contacto con los trabajos de Duchamp y Picabia. Rápidamente perdió interés en la escuela, así como en lo repetitivo y predecible, y comenzó a experimentar técnicas y contaminaciones entre las artes. “empecé experimentando por medio de gamas, espectro de papel coloreado, obedeciendo a cierta lógica que sobrepusiera los colores primarios y secundarios” escribió en su célebre Autorretrato. Pero no dejó de analizar y observar. Le atrajo la novedad del cubismo y fue inspirado por su sentido de la evocación; de hecho, ejecutó su primera pintura Retrato de Alfred Stieglitz, estimulado por este movimiento.


Fotografía
Man Ray / Autorretrato

En cualquier caso, el arte de Man Ray permanece absolutamente indefinible y no puede clasificarse en ningún movimiento de vanguardia en particular. Se relacionó con todo tipo de técnicas y poéticas, siendo el resultado final únicamente la fe en sí mismo y la búsqueda de un arte de una maravillosa intimidad e ironía; un juego. Tratando finalmente de no llegar a fin de mes sin dinero, Ray estaba listo para hallar trabajo como ilustrador en una casa de publicidad. En 1914 se casó con la poeta belga Adon Lacroix, conocida por su seudónimo de Donna Lecur. La pareja se trasladó a Nueva Jersey y Man Ray ya había adoptado el nombre que lo hizo famoso a través del mundo y la historia del arte.
En 1915 comenzó a usar una cámara y desplegó su trabajo en la exposición Movimiento Moderno en el Arte Americano, donde conoció a Marcel Duchamp. Dos años más tarde, en el famoso año en que Duchamp mostró su Fontaine –el más célebre excusado del mundo- en la Exhibición de Armería en Nueva York, Ray ejecutó sus primeras obras de brochazos al aire (las pinturas realizadas con esta técnica le fascinaban por su parecido con la fotografía) La bailarina sobre cuerda se acompaña con su sombra (1916) y Suicidio (1917). Prácticamente al mismo tiempo comenzó a usar una técnica que le apasionaba: el cliché verre, con la cual ejecutaba un dibujo sobre un vidrio oscurecido expuesto luego en papel fotográfico. ¿Fotografía o pintura? Tal vez se trataba de algo que unía ambas técnicas y no les permitía distinguirse; un “objeto nuevo”, como los surrealistas dirían, aunque limitado a la técnica. El trabajo de Ray estaba entonces embarcado en este desempeño, e intentaría siempre irrumpir hacía nuevos terrenos. Su espacio creativo es ligero, casi inmaterial, y cada trabajo es una idea realizada que no permite repetición: su poética consiste en una invención continua que quizá pudiera ser desarrollada por otros artistas.
En 1919 Ray se separó de su esposa y empezó a trabajar muy de cerca con el artista francés Marcel Duchamp en experimentación artística, fotográfica y cinematográfica. Publicaron juntos, en 1921, el único número de la revista New York Dada, en el cual apareció la foto que Ray tomó a Duchamp como La dama Rrose Sélavy. En ella, Duchamp es convertido en toda una muñeca con sombrerito de motivos geométricos mientras sujeta y acaricia una estola de zorro. Como sea, Ray se decepcionó de la reacción de la crítica y del público, declarando en consecuencia que “Dada no puede existir en Nueva York”. Debido a eso se trasladó a París con Duchamp, quien lo introduce con los artistas de vanguardia de la ciudad. En este mismo periodo, Ray hizo su primer rayografía y se convirtió en un fotógrafo de moda. En 1924 publicó en la revista Littérature el famoso Le Violon d´ Ingres (que significa “pasatiempo” en francés y se refiere a las actividades post-artísticas del famoso pintor neo-clásico), en el cual huecos en f de violín se pintan en el dorso desnudo de una mujer. Durante esos años, las más importantes revistas de moda tales como Vogue o Harper´s Bazaar, publicaron regularmente sus fotos.
En Europa entró en contacto con el padre del surrealismo, André Bretón. Este movimiento colocó el cuerpo femenino en la raíz de la visualidad poética, porque el cuerpo en su totalidad simboliza los más profundos impulsos eróticos y sexuales liberados de censura religiosa y burguesa. Aun cuando Ray se dedicaba profesionalmente a la fotografía, especialmente a la fotografía de moda, iniciando 1923 se distancia de esta noción de “idealizada sexualidad”, empleando al cuerpo como “el principal medio de su proyecto estético, usándolo de nuevo cada vez que fuera importante en su vida”.
En 1925 exhibió con El Lisintsky y Mondrian en Munich, y estuvo presente con su trabajo en la Galería Pierre durante la primera exhibición surrealista en compañía de Jean Arp, Max Ernst, André Masson, Joan Miró y Pablo Picasso. Durante esos años, se enamoró de la famosa cantante francesa Kiki (en el mundo Alice Prin), quien se convirtió en su modelo preferida y sería conocida más tarde como Kiki de Montparnasse. Trabajó apasionadamente, aun como diseñador, en Europa y Estados Unidos. De hecho, en 1932 creó el póster para el Sistema de Transporte de Londres en el cual, en el trasfondo oscuro y denso como el negro universo, Ray coloreó el logo del metro al lado de la imagen de Saturno, expresando así un significado de un perfecto balance cósmico.


Fotografía
Man Ray / Le violon d´Ingres, 1924

Durante el verano de 1933 conoció a Salvador Dalí en Cadaqués. En 1934, la artista Meret Oppenheim posó para él en una serie de fotos famosas en donde aparece desnuda junto a una prensa tipográfica. En 1929 Ray conoció a Lee Miller, modelo convertida en fotógrafa que había trabajado en los Estados Unidos con Steichen y Genthe. Su asociación, tanto en el trabajo como en la vida, se convirtió en algo muy importante para ambos. De Ray, Miller aprendió no sólo las técnicas de disparo sino también detalladas técnicas de imagen durante las fases de desarrollo e impresión. De hecho, Ray trabajó bastante en crear fotos originales, interviniendo en las pruebas y después creando la versión definitiva en el cuarto oscuro. Con Miller, Ray inventó la solarización fotográfica, dado que estaba siempre en búsqueda de nuevas técnicas. Cuando su relación terminó, Miller continuó como fotógrafa abrazando el sofisticado y teatral estilo de Horst. Permaneció en el mundo de la moda y, durante la Segunda Guerra Mundial, realizó fotografías instantáneas de mujeres en el frente. Después, regresó al arte con su esposo R. Penrose, galerista y artista, dedicándose a los retratos psicológicos de artistas y escritores tales como Morandi, Moore, Kokoschka, Noguchi.
Iniciando 1936, Ray fue con frecuencia a Mougins, localizado en la región media de Francia y frecuentado por Éluard, Picasso y Penrose. En 1940, fue a Nueva York y a Hollywood, donde conoció a su compañera Juliet Browne, estableciéndose definitivamente en Los Angeles. La pintura de Max Ernst Retrato de una boda doble documenta el matrimonio de Ray y el de Ernst (con Dorothea Tanning), que tuvo lugar el mismo día.
Diez años después, en 1951, Ray regresó a París y empezó a trabajar con fotografías de color. También ganó un premio fotográfico en la Bienal de Venecia.
Murió en parís en su casa de Montparnasse a los ochenta y seis años. Se puede leer sobre su tumba: “Distanciado, mas no indiferente”.
El destino de Man Ray y de sus biógrafos es hasta cierto punto curioso. Tan pronto como en 1930, Georges Ribemont Dessaignes publicó precozmente la primera biografía de Ray, y en 1934 James Thrall escribió Las fotografias de Man Ray 1920-París 1934. Sin embargo, fue hasta 1961 que apareció su famosa y extraordinaria autobiografía.
La “Sociedad Anónima,
Museo de Arte Moderno, Inc.”
Una de las más espectaculares invenciones de Ray fue la “Sociedad Anónima” fundada junto con Katherine Sophie Dreier y Marcel Duchamp en Nueva York en la primavera de 1920. La meta de la asociación era promover y ampliar el arte moderno en los Estados Unidos. De hecho, el problema que encaraba durante esos años era precisamente el de involucrar al Nuevo Mundo –dispuesto en gran medida a la modernidad- en la fascinante aventura de los movimientos artísticos de vanguardia. El nombre “Société Anonyme” fue fundado por Ray, quien narró el episodio en su autobiografía. “…en una revista francesa había leído, por casualidad, dos palabras que me fascinaron: ‘Sociedad Anónima’. Me figuré que ésta era una suerte de compañía anónima. Duchamp explotó en risa y me explicó que esa expresión era usada para ciertas compañías con límite de responsabilidad, y era más o menos como la palabra americana ‘Incorporated’. Pero agregó que el nombre era perfecto para un museo moderno…así que lo adoptamos unánimemente”.

La idea era establecer una asociación que supuestamente iba a crear una colección permanente, planear y establecer exhibiciones temporales, organizar lecturas públicas y conferencias, administrar una librería de referencias, y publicar una revista trimestral. No se trataba de tener ninguna ganancia financiera, solamente tenía un propósito artístico y cultural. Hoy debemos considerar esto como una enorme intuición y habilidad de los artistas para expresar una noción abierta de hacer arte. También querían mostrar un aspecto diferente de América que fuese más allá del “materialismo” de un país devoto únicamente del santo Dollar y, debido a eso, un país destinado sólo a la decadencia.
Por otra parte, la importancia de la asociación consistía en haber sido precursora de muchas fórmulas que aparecieron y fueron usadas más tarde, durante los noventa. Una obra artística es, de esta manera, una actividad en tanto vincula promoción y difusión. No es sólo un trabajo aislado para desplegarse en una galería o ser vendido. En este sentido, el valor comercial es puesto a un lado y el trabajo se vuelve inmaterial en el momento en el que los verdaderos artistas protagonizan la compleja operación de crear y difundir cultura visual.
La asociación se estableció oficialmente en abril 29 de 1920, en Nueva York. Además de Man Ray, Dreier y Duchamp como fundadores, hubo también dos hombres de negocios (empresarios) que jugaron un rol crucial para poner en marcha la iniciativa: Henry Hudson y Andrew McLaren, abogado de Dreier. Ray fue electo secretario, Dreier tesorero y Duchamp quedó como presidente. La operación completa rápidamente adoptó la significación de un arte que se expande y ejecuta, aunque paradójicamente las declaraciones de los protagonistas nunca abandonaron el aspecto legal y constitutivo de la iniciativa.


Fotografía
Man Ray-Retour a la raison,1923

La primera exposición tuvo lugar en un espacio rentado, en la calle 47, 19 Este, en Nueva York. Había 16 obras de 12 artistas: Constantin Brâncusi, Bruce Davidson, James Daugherty, Marcel Duchamp, Juan Gris, Man Ray, Francis Picabia, Georges Ribemont-Dessaignes, Arnold Schönberg, Vincent Van Gogh, Jaques Villon y Heinrich Vogeler. Una parte esencial del evento fue el diseño de la exposición creada por Ray y Duchamp, quienes cubrieron las paredes de la galería con tela blanca encerada y aplicaron tiras de papel a las pinturas. En breve, la práctica, que existe todavía hoy en el mundo del arte contemporáneo, de montar exposiciones de una manera original e innovadora y, de este modo, crear un ambiente que participe en el cabal significado del espectáculo, estaba comenzando. El número de miembros alcanzaba los ochenta y seis, pero después de que Ray y Duchamp llegaran a París en 1921, la asociación perdió su dinamismo. Dreier hizo todo lo que pudo para continuar, y estaba en aptitud para cargar con las, hasta cierto punto, significativas exposiciones primerizas en los Estados Unidos de artistas tales como Schwitters (1920), Kandinsky (1923), Klee y David Burliuk (1924), Campedonk y Léger (1925). La exposición de 1926, Exhibición Internacional de Arte Moderno, en el Museo de Brooklyn, presentó una serie de 300 obras, de las cuales 106 venían de diecinueve diferentes países. El logo de la asociación fue el perfil de una cabeza de caballo grabado en una estampa de goma tomada de una serie de piezas de ajedrez pintadas y realizadas por Duchamp a finales de 1918. El artista las había hecho para practicar jugando solo.
En 1941, Katherine Sophie Dreier donó la colección de 135 óleos sobre tela, siete esculturas, 186 dibujos y 180 impresiones, fotos y trabajos mixtos a la Universidad de Yale.
Man Ray y el cine
Quisiera ver en las películas algo que nunca haya visto y que no entienda.
Man Ray
Definir el cine dadaísta no es asunto simple porque la estética de la negación presume una constante denegación textual a cada afirmación contenida en el texto fílmico. No puede haber una intriga, sino sólo una serie de oposiciones para cada manifiesto declarado o asumido. Obviamente, casualidad y espontaneidad no son realmente conceptos cinematográficos, en el sentido que, en cualquier caso, la película sigue una cierta lógica; la técnica impone, si no una continua repetición, al menos una necesaria secuencialidad. Verdadera y auténticamente los procedimientos aleatorios son difíciles de originarse en tal contexto. El arte que busca su pureza en una absoluta negatividad debe hacerlo sin ningún concepto que no sea esencial. Principio y fin no pueden aplicarse a esta clase de cine. Ni siquiera un principio formal puede ser permitido, como ocurre, en cambio, con la escritura surrealista automática en la cual, al menos, el subconsciente dicta y la mano escribe.
Retour á la raison, filmada en 1923 y presentada ese mismo año durante el famoso encuentro dadaísta Coéur a bárbe es, quizá, el único ejemplo de cine dadaísta junto con Anemic Cinema de Duchamp. La paradoja del título se revela pronto en las primeras escenas porque es evidente que la lógica no está para nada presente en esta película. Las imágenes se siguen unas a otras, podríamos decir, de acuerdo a un fortuito e intencional orden caótico. Filmado por completo en un día, y más probablemente en una sola noche juntando retazos de material ya filmado, es una conjunción de las fuentes de inspiración de Ray y una larga secuencia de sus experimentos fotográficos. Allí, puede no haber composición, ni racionalidad --ni siquiera la más absurda categoría puede encontrar espacio en un trabajo como éste. Lo muy “específicamente” fílmico se desvanece, empezando por la edición que es totalmente ignorada, precisamente en el contexto histórico en que fue teorizada como siendo una característica fundamental del séptimo arte, cual es el cine.
Un irónico sinsentido reina, pero la película se caracteriza por un intenso ritmo mecánico. Todos los movimientos vanguardistas entre 1910 y 1920, buscaron un modelo (más positivo que negativo) precisamente en el mundo de las máquinas, donde el cine alcanzó el más alto nivel de autonomía creativa. De hecho, se esperaba que este modelo se volviera no sólo un tributo al progreso sino también la búsqueda de un verdadero trance visual. Estas películas intentaron aniquilar el equilibrio del espectador y lo conducen al centro de un torbellino visual que no le permite ver más el terreno bajo sus pies.


Fotografía
Man Ray / Rrose Sélavy (Marcel Duchamp), 1921

“Series de fragmentos, un ´cinepoema´ con una cierta secuencia óptica compone el todo…no es una película abstracta, o la narración de un suceso…es un film puramente óptico –sólo para mirar, sin guión”. Así fue como Man Ray describió Emak Bakia (1926), otro delirio fílmico y, a pesar del prácticamente inexistente guión, una estructura de contrapunto aparece entre las caras de los personajes y los objetos. Gran fotógrafo de mujeres y mayor retratista aún, pero también un apasionado observador de las infinitas posibilidades de las naturalezas muertas, en esta película Ray muestra qué tan verdaderamente profunda es nuestra relación con la realidad de las cosas. Para conocerlas no tenemos que mirarlas, en cambio, soñarlas. O hacer que nos sueñen. “Sentarse frente a un objeto para entender su forma es un obstáculo a la creatividad”, escribió, y es claro que no tenía intención de imaginar la realidad, viendo que la realidad no existe si no hacemos que exista en nosotros y para nosotros. Los objetos hablan acerca de nosotros. Narran las historias que los crearon. Son los testigos silenciosos de nuestra corta estancia aquí en la Tierra. Son los lugares donde nuestro ego enraíza y donde nuestra psicología es anclada a la realidad. Es ahora y siempre que los “objetos de afecto” componen una gran parte de la vida del artista – esos objetos en los cuales descubrimos similitudes y diferencias en un juego de espejos y reflejos que a veces es tambaleante y otras tranquilizador. “Emak Bakia”, escribió Michelle Anelli, “es pintura en movimiento--pura y simple. En la película, los rostros humanos y los objetos se siguen obsesivamente unos a otros. Los objetos móviles devienen verdaderos actores en una danza abstracta”. Y si es cierto que el título comprende un viejo dicho vasco que reza: “no me molestes”, significa que el proyecto de los fotógrafos americanos era proponer un arte que es público – pero no demasiado. Por otro lado estos son experimentos que nunca han salido del estrecho círculo de los artistas y amantes del arte. O en cierto modo, contenida está la idea, siempre provocativa, de que no debe molestarse al artista, quien está llevando al arte a su punto más extremo -- punto cero donde ya nada es igual a sí mismo. Y donde la belleza convulsiva aparece en toda su terrible verdad.




L’ étoile de mer (1929) ciertamente contiene, del otro lado, una influencia surrealista más evidente. Un sentido de narración está presente, a pesar de la fragmentación y lo absurdo de las situaciones. Filmada con una técnica particular, que hoy podría parecer “naive” (un filtro óptico situado frente al lente), la película está inspirada por el poema del famoso poeta surrealista –Robert Desnos. Existe, de todos modos, una referencia explícita al cine tradicional, porque actores verdaderos juegan un papel que es con frecuencia fragmentado por trozos de poesía. El filtro ensoñador da origen a una atmósfera indefinida y parecida al sueño, aun cuando esto pueda parecernos hoy similar a los efectos de las películas Serie-B de los años sesenta. Pero esto era ciertamente experimental e innovador en esos años. La realidad toma forma, está por hacerse –no sólo en la obsesiva sucesión de imágenes y situaciones, sino también bajo el peso de la ligereza del relato. Sueño o pesadilla –no importa. Una vez más tenemos la transposición de la práctica surrealista de tomar notas de los sueños en la mañana, recreando a través de la palabra escrita el recuerdo de una pesadilla, no sólo para entender los fantasma que nos habitan, sino más bien para ver hacia otro lado del mundo –aquel que desaparece en el alba y reaparece cuando cerramos los párpados.
Le Mystère du château dé (1929), continúa con la hipérbole surrealista, aunque poniendo de relieve una narrativa irónica y profanando los temas. Una vez más hay personajes en situaciones grotescas, como aquellos jugando con enormes dados en los vestidores de una alberca o desapareciendo mientras ruedan en el suelo de un gimnasio. El humor predomina. El misterio y la atmósfera casi detectivesca crea un suspenso basado en indicios, fragmentos e incluso una lógica que nunca se convierte en guía, más bien en un obstáculo.
Eros c´est la vie


Fotografía
Man Ray-Nush Éluard, 1935

El alter ego de Duchamp, Rrose Sélavy, contiene en su nombre una declaración de principios: Eros c´est la vie (Eros es la vida). Y no podría ser de otra manera. Ray bien pudo no ayudar, pero cayó en el eterno femenino. Pasión y surrealismo sitúan en el centro de su experimentación artística a la sexualidad como una suerte de apoyo para encarar la búsqueda del entendimiento a través de la mujer y el enigma de su cuerpo.
El cuerpo, en este caso, habla confiado en su propio silencio. El cuerpo que brilla bajo la noche de los sueños es el de los sentidos de donde el arquetipo nació –estructuras que soportan nuestra imaginación. Sólo la pasión del deseo estimula la ilusión de que un cuerpo de mujer es capaz de ir más allá de las apariencias y de volverse no sólo un símbolo sino, antes que nada, la puerta que se abre al universo erótico y vital. Es claro también que es precisamente la sensualidad, o sexualidad, la que adquiere una centralidad derivada de la oposición a la razón.
Casualidad y sexualidad son los dos pilares del entendimiento, incluso antes que el “moderno Procusto”. Más bien Freud, de acuerdo con la interpretación de Borges, habría explicado lo que nunca debe ser explicado. La racionalización del psicoanálisis es algo que el surrealismo no puede aceptar. Es una especie de estructura explicativa de lo que, en su secreto, es reserva fascinante e indefinida.
Los desnudos femeninos de Man Ray han tenido siempre esta explícita sexualidad en los detalles. Nunca vulgar o demasiado reveladora, la fotografía del artista atraviesa el cuerpo femenino como una tierra que debe explorarse. El cuerpo entero –incluso el rostro, que con frecuencia no es parte de éste, parece como si perteneciera al universo del alma y la espiritualidad. Esto se vuelve una tierra inexplorada y se une perfectamente a la sinuosidad de las líneas. Bocas fruncidas con lápiz labial que permite una mínima pero decisiva apertura hacía un pecado que puede ocurrir en cualquier momento. El verdadero cabello deviene una rubia cascada que invierte la imagen, en consecuencia lo de arriba se vuelve lo de abajo y viceversa. Y ahí están las manos. Ray las retrata en su eterna ligereza, en las curvas que su movimiento evoca, la caricia de la espera o la memoria.
En el universo de Man Ray, las posibilidades son muchas, las reglas están invertidas. Sus femmes son una mezcla de inocencia y pecado. Las hay femmes fatales como en la mejor tradición, a la vez niñas y prostitutas, Lulús que nunca se convierten en mujeres porque lo son de nacimiento. Eros c´est la vie –Rrose Sélavy, el seudónimo femenino de su compañero Duchamp es también el correcto epígrafe de su trabajo. La diferencia, porque siempre la hay, consiste en el hecho de que Ray siempre tuvo mujeres como compañeras y amantes. Por otro lado, Duchamp las mantuvo a distancia observándolas desde atrás de las eróticas geometrías del Grand Verre. Mujeres de verdad, con historias para contar o escribir –no vírgenes negras, heraldos de la catástrofe y de las pasiones infelices.
Entonces, cuando el cuerpo se convierte en un escudo, prevalece el territorio de la forma, pero otra vez éste es una transitoriedad vinculada al evento, que no a la suerte. El reflejo de una cortina, iluminación intencionalmente desequilibrada; la hondura de un detalle, son todos fragmentos de la construcción de una imagen estudiada con atención por el fotógrafo. No sólo la búsqueda de algo que no debe y no puede darse por hecho, sino la idea de que en cualquier situación, las mujeres y sus cuerpos son una inagotable fuente de experiencias. El cuerpo como geografía en donde perderse y redescubrirse uno mismo – algo de absoluto para ser buscado siempre de acuerdo con cada posibilidad de visión y pérdida.
Las mujeres de Man Ray fueron siempre compañeras de trabajo –ya desde un punto de vista profesional o como modelos, o como intérpretes de lo que él trataba de crear con la fotografía. Por otra parte, el celibato de Duchamp- Rrose celebra la esterilidad de la mirada también, dejándole sólo el placer del onanismo. Celibato y ateísmo van de la mano, y en Man Ray no hay manifestación de una religión patriarcal, pero de cierta manera la multiplicación nunca se acerca a la indiferencia. Un cuerpo de mujer es siempre libre en las fotografías –libre de expandirse en el espacio mental de la cultura y de explotar en el deseo del hombre que está mirando. Esto es opuesto al mundo de la maquinaria en las célebres fotos con Meret Oppenheim como modelo, sin embargo el cuerpo se vuelve cómplice. O se transforma en un instrumento musical --todas las artes tienden a la música--en el famoso Le Violon d´ Ingres. Pero es siempre y con todo un cuerpo que habla, que sonríe, que se abre a una forma de entendimiento que sólo el arte sabe cómo ofrecer al placer y a la inteligencia.

Traducido por Artemisa Vega .
Tomado del libro Man Ray/ Women, Editorial Damiani,

Italia 2007
http://www.vinculoinformativo.com.mx/cl/ciclo71abril2008/lasmujeres.html

334.- La Mitteleuropa ¿una idea judía?



Los judíos y la literatura


La Mitteleuropa ¿una idea judía?

Jacques Le Rider

De Robert Musil a Stefan Zweig, pasando por Franz Kafka y Joseph Roth, la Mitteleuropa habrá sido definida primero por los escritores.
¿Hasta qué punto la reivindicación de una adhesión a Europa central ha sido asumida específicamente por los escritores judíos? El “mito habsburgo”, del que Claudio Magris ha hablado de manera magistral en El mito y el imperio, fue primero la ideología de Estado sobre la que se apoyaban los Habsburgos, ideología que pasó al primer plano entre 1866 y 1871, cuando Austria, excluida de la Confederación germánica, a la que había dominado por mucho tiempo, en competencia con el nuevo Reich alemán proclamado en 1871, redefine su ideología geopolítica, fundada sobre lo que le quedaba: los territorios de la Europa central danubiana. Se puede interpretar la historia de la Austria-Hungría como un proceso de globalización-integración y de armonización de la pluralidad étnica, lingüística y cultural.


Reading Lesson / 1992
Fotografía

El mito habsburgo de una sociedad y de un Estado pluralistas, en los que cada pueblo tenía la patria que le tocaba, ¿habrá sido sólo la envoltura propagandista de la lucha de dos pueblos hegemónicos, los alemanes en Cisleitania y los húngaros en Transleitania, para la defensa de sus privilegios históricos? El sistema habsburgo establecido en Cisleitania desde 1867 desembocaba a concebir la nacionalidad (al igual que la religión) como un atributo subsidiario de la ciudadanía. El sistema de la autonomía personal, sin embargo, era difícil de aplicar: en las regiones de poblaciones mezcladas, llevaba a la división de la sociedad en comunidades nacionales definidas por su lengua declarada como habitual.
Para que triunfe la antinomia de la utopía supranacional y de la realidad nacionalista, el escritor praguense de lengua alemana, Johannes Urzidil (1896-1970), hijo de un ingeniero alemán de Bohemia y de una madre judía checa, autor del Tríptico de Praga, definía el cosmopolitismo centro-europeo al proclamar: “Ich bin hinternational”, juego de palabras sobre “internacional y “más allá de lo nacional”. Bajo el impacto de la Primera Guerra Mundial, de las crisis del periodo entre las dos guerras y de la ascensión del poder de los fascismos y del nazismo, la memoria del imperio bicéfalo llamado por Musil con ironía la Cacania, se transforma, en Joseph Roth y Stefan Zweig, en una utopía retrospectiva. Frente a la agonía de la civilización europea minada por el nacionalismo, el antisemitismo y la pulsión de muerte militarista, la Europa central habsburga les aparece como la Edad de oro perdida de un espacio cultural cosmopolita en el que los judíos se sentían en seguridad.
Mucho más crítico y escéptico es el cuadro de la sociedad vienesa pintado por Arturo Schnitzler. El epicurismo y la despreocupación acompasados por un vals y llevados a la escena por Johann Strauss en El murciélago, están desenmascarados en el teatro y en las novelas cortas de Schnitzler, quien representa la degradación de los sentimientos, el cinismo desengañado, la guerra de los sexos, la crueldad de los conflictos sociales y la violencia del antisemitismo. Durante la Gran Guerra y los años 1920, Schnitzler sigue situando la acción de sus obras y de sus relatos en la sociedad de la pre-guerra. Pero las preocupaciones del momento aparecen en sobreimpresión. La novela sobre la sociedad de 1908 intitulada por Schnitzler Los caminos de la libertad, traducida en francés bajo el título Viena en el crepúsculo, es uno de los análisis más sobrecogedores de la situación de los judíos vieneses al principio del siglo XX: sin identificarse con ninguna de estas posiciones, Schnitzler muestra la variedad de las reacciones judías a la crisis de los valores del liberalismo y del racionalismo y al triunfo del antisemitismo que se impuso como el nuevo código cultural. Desde la hiperasimilación llevada hasta el odio de sí mismo en el otro extremo, el sionismo, que Schnitzler interpreta como una voluntad de desasimilación, todos los personajes judíos de esta novela, pequeños o grandes burgueses, hombres y mujeres, viven una dolorosa crisis de identidad. De acuerdo con Schnitzler, todas las construcciones “postjudáicas” alrededor de la identidad de los judíos vieneses son artificiales y frágiles. En cuanto a él se refiere, su diario íntimo lo atestigua, oscila entre la indignación, la perplejidad, la incertidumbre y se somete a un trabajo casi cotidiano de remediación y de redefinición del destino judío.


Abbas / 1998
Fotografía

Franz Kafka, judío asimilado germanófono, con el dominio de la lengua checa, atento al desarrollo de una literatura nacional checa contemporánea, se situaba al margen de la Europa central germánica y de la Europa central eslava. Escribía a Milena en 1920: “Nunca he vivido en medio del pueblo alemán; el alemán es mi lengua materna, por consiguiente me es natural, pero el checo está más cerca de mi corazón”. Ciudadano de la monarquía habsburga hasta la creación de Checoslovaquia, guardaba sus distancias con Viena y mantenía estrechas relaciones con Leipzig, capital de la edición alemana. Marginal en la sociedad mayoritaria, fascinado por el renacimiento cultural yiddish, Kafka, también, era incapaz de integrarse al mundo judío tradicional. En suma, Kafka vivía en “las imposibilidades del lenguaje”: “La imposibilidad de no escribir, la imposibilidad de escribir en alemán, la imposibilidad de escribir de otro modo, a la que podría agregarse una cuarta imposibilidad, la imposibilidad de escribir. Era pues una literatura imposible de todos lados, una literatura de cíngaros quienes habían robado el niño de su cuna.” (Carta a Max Brod de junio de 1921). Es Milan Kundera quien, en El arte de la novela, inscribió, de la manera más decidida, a Hermann Broch en “la pléiade de los grandes novelistas centro-europeos: Kafka, Hasek, Musil, Broch, Gombrowicz”, caracterizada por la aversión por el romanticismo, la desconfianza hacia la Historia y las ideologías progresistas, un modernismo desprendido de las ilusiones de la vanguardia. En la novela Los somnámbulos y en el ensayo Hofmannsthal y su tiempo, Hermann Broch analiza la crisis de la cultura moderna en términos de “degradación de los valores”, es decir de fragmentación de las normas colectivas en pequeñas subculturas atomizadas. Broch muestra como, en este contexto, las soluciones simples y radicales de reconstrucción de una sociedad cerrada y protectora propuesta por los nacionalistas, los fascistas y los nazis tenían una fuerza de atracción casi irresistible.
Con Schnitzler, Kafka y Broch, Europa central ya no es pensada de acuerdo con “el mito habsburgo”, como el lugar de memoria de un orden ancestral, sino, según la fórmula de Karl Kraus, como “el banco de prueba del fin del mundo”. De este “banco de prueba”, los escritores judíos fueron los profetas a la vez extralúcidos y alarmados.

Traducción de Marie- Claire Figueroa
Magazine littéraire, abril 1974, no. 474.

http://www.vinculoinformativo.com.mx/cl/ciclo76septiembre2008/lamitteleuropa.html



viernes, 9 de marzo de 2012

333.- Zen, el camino




Zen, el camino

Olivia Vega Leyva

Aun cuando el Camino de Buda no tiene final, yo lo sigo
Sutra Shiguseigan

Cuando me dieron ganas de ir a un monasterio en Japón, no tenía la más mínima idea de a dónde llegar e incluso a quién preguntarle. No me preocupé pues pensé que aún faltaba un año para salir de viaje; durante ese tiempo encontré a un amigo y maestro que había pasado años en China y Japón viviendo en monasterios, y enseguida aproveché la oportunidad. Él me recomendó llegar a Kyoto y caminar para encontrar mi monasterio. Si no te encuentras bien donde has llegado, buscas otro y si te encuentras bien y te piden salir, no te salgas. Si te ponen a barrer, ya la hiciste. -¡¿Cómo me voy a quedar si me echan?! ¿Y la disciplina? – La disciplina es con tu corazón.


Fotografía
Uelsmann / 1994

Esa fue toda la referencia que tuve para ir a Japón. Claro que hice los arreglos convenientes; en los días cercanos a la salida los nervios me desbordaban. Un amigo Japonés, que no había vuelto a su país en más de 20 años, me dijo que podía visitar a su familia. Esa fue mi coartada en caso de que las cosas no salieran bien. Pero mi amigo parecía no querer darme la dirección de la familia hasta que tuviera mi boleto del vuelo y, con esa confianza, seguí con los arreglos. Por internet reservé dos noches en un hostal que resulto comodísimo y barato, 28 dólares la noche con la tina-poza de agua caliente, bicicletas, cenas tradicionales y un equipo de jóvenes atendiendo en todo lo posible a los huéspedes. Investigué cómo llegar de Tokio a Kyoto y luego al hostal, preparé ropa cómoda para andar y meditar. Entonces me encuentro caminando en una ciudad que me deja atónita con su belleza. El verde está por todos lados, así como los templos tanto budistas como Shinto. Hay maderas obscuras en los primeros y rojas en los otros. Árboles centenarios, bambú de todos los tamaños, huertos callejeros, estrechos canales de agua limpia, simplicidad elegante en las salas de té; en los restaurantes, mesas bajitas y pisos lustrados para sentarse. Camino y casi en cada templo me piden dinero para entrar, es verano y hay mucho turismo. Me uno a las filas e intento colarme a lo que me parece ser un monasterio. Con palabras que no entiendo y gestos que sí, me regresan a las líneas de los turistas. En una ocasión, ya algo desesperada por no encontrar aún ningún monasterio donde quedarme, me cuelo por no sé donde y desesperados salen dos señoritas y un hombre con las manos en actitud de rezo (como un italiano desesperado o como un monje dando las gracias), para pedirme que me vaya. En pleno siglo XXI camino queriendo encontrar un monasterio de la manera en que se hacía hace 30 o 40 años atrás. Todo debió ser distinto.
Al tercer día una pareja de japoneses que se hospedan en el hostal me hacen la lista de los templos Rinzai zen en Kyoto. Marcan en el mapa cada uno de ellos. Descalificamos los que dicen que sólo dan servicio los fines de semana o cada sábado o cada mes. Y me pongo en marcha en lo que deja de ser la romántica caminata que me había imaginado y comienzo a subir en trenes, autobuses y metros. Aun así, nada. Todavía ese día continué con entusiasmo, sin embargo, no pude comunicarme para expresar lo que buscaba, me cansé. El cuarto día comencé a creer que no encontraría nada. En el directorio había monasterios a los que mis nuevos amigos llamaban y entre la información que obtenían estaba una cuota por ingreso que resultaba más cara que estar en el hostal u ofrecía días fijos de meditación sin vida monástica. Pensé que no entraría a ningún monasterio, que el viaje a Japón había sido bello; después de todo no había podido dejar de disfrutar cada nuevo lugar que conocía, los jardines de musgo y de grava, los ríos, además de sumergirme en la tina caliente en la mañana y en la tarde, mal mal no me iba. Qué bueno, pensé, que a muy pocas personas les dije que venía a un monasterio.
Al cuarto día de recorridos por Kyoto encontré en Daitokuji a un grupo de norteamericanos andando en bicicleta, los seguí y les pregunté si sabían en dónde estábamos, yo buscaba un templo llamado Daisenin. Ellos me explicaron que habían venido en un viaje cultural para conocer lo que es vivir en un monasterio budista, su profesora era japonesa y ella podría ayudarme a encontrar un templo, ya que estaba involucrada en la práctica del zen. La profesora se mostró entusiasta por mi decisión de vivir en un monasterio por unos meses y me ayudó con la traducción para pedir ayuda. Hablamos con un monje que también fue toda cordialidad, me dieron las direcciones de distintos monasterios que aceptan mujeres y extranjeras; hasta ese momento no sabía que hubiera lugares con estas restricciones. Ella misma con su celular hizo las llamadas necesarias para ver si podían recibirme y, efectivamente, era bienvenida en por lo menos tres de estos lugares. Entonces comenzó el peregrinaje. Sólo diré que me tardé un mes en encontrar el lugar que creí era para mí. Este resultó estar fuera de Kyoto y ser Soto, por que un lugar lleva al siguiente, todo es empezar a caminar.
El primer mes me sirvió para ir aprendiendo las palabras y actividades básicas que seguramente un conocedor de zen ha de saber, pero que yo nunca creí que existieran. Me limitaba a meditar en casa y a veces con amistades, no visitaba grupos budistas ni templos, así que palabras como Dojo, Gyo, sesshin, prajna, chu, samu, banka, choka, comenzaron a tener sentido. También tomé práctica en el cuidado de jardines y aprendí un poco de cocina. Cuando llegué a mi lugar no pude evitar ponerme a limpiar el musgo en las jardineras en los tiempos libres, actividad que había realizado por horas y días en los otros lugares, algo que gustó a la gente del monasterio y me agradeció personalmente el maestro. Me sentía en casa, felizmente fluyendo con la experiencia que había adquirido.
Quietud de la vida simple, donde cada día se repiten las actividades a la misma hora, sin prisas. Cuando el tiempo de trabajo se acaba nada queda pendiente, aun con la obsesión que cada monje pueda tener por ir más allá de lo que se ha pedido, parte del aprendizaje es saber dejar la actividad. La campana o el tambor suenan. Cada golpe marca el final y el inicio de algo. El final del trabajo y el inicio del descanso, el final de la meditación y el inicio de la caminata, el final de la caminata y el inicio de la meditación, etcétera. Las enseñanzas directas del Maestro son cada día del calendario que lleve un cuatro o un nueve. Después de la ceremonia del té -- donde se impone una disciplina extrema ya que no se permite el movimiento en la posición hincada, y se mantiene la atención para estar lista al momento en que el maestro agradece el té o cuando el té es servido con un ritual que debe ser contestado siguiendo movimientos precisos: inclinación, recibimiento, ofrecer el tarro a la izquierda y a la derecha, ponerlo frente a la nariz sosteniéndolo con una mano y girándolo con la otra, para beberlo por el lado opuesto en que fue recibido. Y repetir los movimientos cuando se ha terminado el té--, las enseñanzas tienen frases lentas y repetidas, la misma frase repetida de diferentes formas: Miramos el mar crispado pero en lo profundo está la quietud. La quietud está en la profundidad bajo las olas que se levantan. Bajo las olas que se levantan hay quietud. La quietud está en lo profundo. En las profundidades nada se precipita. Concluido el discurso el maestro invita a hacer preguntas y yo intuyo que no hay muchas preguntas porque los preguntones seríamos los que tenemos menos tiempo y el dolor de las piernas nos aconseja callarnos para que todo termine lo más pronto posible.


Fotografía
deForest W. Trimingham

Durante un día festivo tuve la oportunidad de presenciar las preguntas de un extranjero (no japonés) quien se dirigió al maestro: “Usted dice que cada cosa está en su lugar, que cada acontecimiento sucede en el momento que debe suceder, que la perfección impera, ¿cómo puede decir eso cuando vemos tantas muertes en las guerras o por hambre?”. El maestro contestó con su acostumbrada calma repitiendo las frases sobre la perfección del momento presente, sobre el Ser que sólo es en el presente, y añadió: “Mientras una mano no se dé cuenta que es parte de un cuerpo y que cuando ataca, ataca a la otra mano de su propio cuerpo, no podrán acabar las guerras”. Hizo una inclinación y preguntó si había más preguntas. El mismo hombre volvió a preguntar lo mismo y el maestro contestó también lo mismo. Hizo una inclinación y volvió a preguntar si había más preguntas. El mismo hombre preguntó de nuevo sobre las guerras y las injusticias en este mundo. Esta vez el maestro le pidió humildemente que si no entendía sus respuestas por favor no preguntara más. Confieso que yo tenía las mismas inquietudes, un montón de preguntas sobre la humanidad estaban dando vuelta en mi cabeza esperando las entrevistas con el maestro para poder hacerlas. La primera vez que estaba lista para iniciar estas cuestiones, apenas llegué frente a él y me senté, después de las inclinaciones necesarias, me preguntó mi nombre, me pidió mis manos, las vio y se puso a reír a carcajadas: “Con estas manos, con esta vida que tienes ¡cómo puedes tener miedo!” Por razones personales, obviamente, esta pregunta me derrumbó. Durante el ataque de Israel a Líbano, preparé mis preguntas sobre la humanidad, en realidad estaba muy ansiosa por entender algo. El maestro no contestó, me pidió meditar mientras trabajaba en el jardín, poner atención a lo que estaba haciendo y en lo que estaba pensando. Cada vez que mi pensamiento se fuera, volverlo al jardín, al trabajo. Me pidió que habláramos en cuatro días. El cuarto día, ya no estaba ansiosa, no sentía ganas de preguntar. Quiero aclarar que esto no tiene nada que ver con la apatía o la desidia.
Los días de ceremonia del té, también son los días del baño y si no hay sesshin se puede ir al pueblo. No está muy lejos, sin embargo en verano el calor alcanza los 40 grados y salir caminando es agotador. Como no hay suficientes bicicletas hay quienes optamos por no salir. El pueblo, que en realidad es una pequeña ciudad primer mundista, tiene su atractivo para extranjeras como yo, por unos dos recorridos, luego se vuelve común: tiendas, casas, calles, autos y semáforos, nada que ver con el monasterio. A no ser por el correo, el teléfono y el mar, no habría más razones para dejar de vez en cuando los antiguos y bellos edificios del monasterio enclavado bajo una de las montañas más altas de la zona.
Durante mi estancia la lluvia se había atrasado por lo que las tareas se incrementaron debido al cuidado de las plantas, tanto las comestibles como las ornamentales. Cada día, con cubetas en mano, se regaban las plantas de macetas y de piso y se cambiaba el agua de los floreros en cada nicho del cementerio. Si bien el budismo ha perdido popularidad en Japón, no ha quedado en el olvido debido a su tarea con los muertos. No importa si se es practicante o no, o creyente o no de Buda; en la muerte de un familiar o amigo, en su aniversario de muerte y en los días de ceremonia a los que se han ido, se recurre a los monjes budistas. Ellos han sido por generaciones los guardianes de los nichos donde se guardan las cenizas de quienes han partido.
En cada enseñanza el maestro nos pedía guardar silencio: A los que hablaban con otro, decía, “pídanle, por favor, que guarde silencio”. A los que hablan solos en voz alta, igual, “por favor, guarden silencio”. A los que hablan consigo mismos, “por favor, guarden silencio”, a los que hablan en sus mentes, “por favor, guarden silencio”. A los otros, “por favor, pidan a su mente que guarde silencio”. Y sin embargo, hablábamos. Con pocas palabras nos disgustábamos y nos peleábamos; claro, también hacíamos buenas amistades. Las reconciliaciones no tenían palabras, un apretón de manos o una sonrisa. En una ocasión una monja con varios años en el monasterio, preguntó enojada que quién había guardado dos comidas distintas en el mismo traste. Había sido yo pero no lo dije, sin embargo, le dejé ver claramente que no era para tanto, ella insistió y yo también de una forma grosera y burlona. La verdad, me sobrepasé. Al día siguiente me pelee con un joven koji (es decir, que aún no es monje). Yo lavaba los trastes y llegó a “ayudarme”, cada vez que enjuagaba uno se atravesaba y me quitaba el agua, me encabroné. En la tarde pedí hablar con el Roshi Sama, como llamamos al maestro. Y me quejé. Su respuesta fue una pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre una buena persona y una mala persona?”. Como no supe contestar me dijo que cuando tuviera la respuesta volviera para hablar con él. Pasar dos semanas sin hablar con el maestro me parecía un desperdicio, pero verdaderamente no sabía la respuesta; luego, no sé cómo me pareció de lo más lógico y volví con el maestro. Le dije: “No hay diferencia entre una buena persona y una mala persona. Su esencia es la misma”. “Es noble querer ser una buena persona -me dijo-, pero pretender no es ser”.
Las palabras del maestro me causaban diálogos internos, deducciones, conclusiones, por eso ha de ser que a cada problema nos mandaba a meditar más. En una ocasión, al estar sentados listos para la ceremonia del té, el Maestro hizo bromas sobre lo ondulado de nuestra fila, luego inició la enseñanza con un poema que decía algo así: “Mira bien en el fondo del color de mis ojos, si guardo silencio parece que no hay pesar”.
¿Qué quiso decir? La mayoría dijo que el maestro estaba triste por nuestra desorganización, yo le di otro significado al poema. Por eso es bueno que no nos permitan hablar y nos mantengan haciendo algo. Debo aclarar que no hablo japonés y que la mayoría de las personas en el monasterio no hablan inglés; por supuesto, absolutamente nadie habla español, y sin embargo nos comunicábamos. Querer discutir una enseñanza, entenderla con la cabeza, es alejarse del zen.
La vida monástica me facilitaba la auto observación. Viviendo en grupo las emociones no cesaban, sin embargo, podíamos verlas y platicarlas con el maestro: Los celos, las simpatías, la competencia, la envidia, la pulsión a controlar, la alegría de estar, de hacer, de pertenecer.

Los últimos días de estancia lloraba. No quería irme. Sabía que tardaría en regresar y el maestro ya es un hombre viejo. El maestro me dijo que cuando meditara tendría un pie ahí y otro en México, que estando allá estaría también ahí. Fue mi última entrevista, ni aun frente a él pude calmar mi llanto.
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